La amansa fieras


 

Sí, está bien escrito. Y mientras más lo pensaba, más sentido tenía.

Porque a veces creemos que amar es eso: quedarnos, insistir, luchar, intentar suavizar las heridas ajenas con nuestras manos desnudas. Creemos que con suficiente paciencia, suficiente cariño y suficiente devoción vamos a lograr cambiar a alguien. Como si el amor fuera una especie de magia capaz de domesticar tormentas.



Y no.

Hay personas que no quieren cambiar. Hay personas que todavía no saben cómo hacerlo. Y hay otras que simplemente son así.

Pero qué fácil es caer en el papel de “la amansa fieras”. Esa persona que da demasiado, que justifica demasiado, que perdona demasiado, pensando que un día todo ese amor será suficiente para transformar al otro en alguien más amable, más atento, más consciente, más cariñoso.

Yo también cometí ese error.


Muchas veces confundí amor con sacrificio. Pensé que insistir era una prueba de cariño, que quedarme incluso cuando me dolía hablaba bien de mí. Y mientras más intentaba cambiar a otros, más me olvidaba de mí misma.

Lo más duro es entender que nadie cambia porque uno lo ame intensamente. Las personas cambian cuando quieren. Cuando se enfrentan a sí mismas. Cuando deciden crecer.

Y eso no depende de cuánto demos.



A veces, sin querer, terminamos fastidiando con esa necesidad constante de corregir, salvar o moldear a quienes amamos. Porque aunque nazca desde el cariño, sigue siendo una forma de decir: “quisiera que fueras distinto”.

Y amar de verdad también es dejar ser.

No significa aceptar malos tratos ni conformarse con migajas emocionales. Significa entender que no podemos construir personas a nuestra medida. Que cada quien tiene sus tiempos, sus batallas y su forma de existir.

Tal vez la verdadera paz empieza cuando dejamos de intentar domesticar a otros y comenzamos a conocernos a nosotros mismos.

Cuando invertimos toda esa energía en crecer, sanar, disfrutar la vida y cuidar nuestro propio corazón.



Porque al final, el amor más bonito no es el que intenta cambiarte. Es el que te acompaña.

Y quizás ahí está el secreto: amar a quienes caminan con nosotros, sin querer convertirlos en alguien más.

Simplemente quererlos. Y también querernos un poco más a nosotros mismos.

Alguna vez fui la amansa fieras.
Creí que amar era quedarme incluso cuando me estaba rompiendo. Creí que si daba suficiente cariño, paciencia y comprensión, algún día las cosas cambiarían. Pero entendí tarde que uno no puede salvar a quien no quiere salvarse a sí mismo.

Y aunque me dolió aceptarlo, también fue liberador.

Porque dejé de perseguir versiones imaginarias de las personas y empecé a abrazar la realidad. Dejé de cargar responsabilidades que nunca fueron mías. Dejé de intentar apagar incendios ajenos mientras me consumía lentamente por dentro.

Hoy ya no quiero domesticar tormentas.
Solo quiero paz.



Quiero personas que sepan quedarse sin tener que convencerlas, amores que no necesiten reparación constante y vínculos donde pueda ser yo, sin desgastarme tratando de convertir a alguien más en lo que nunca quiso ser.

Tal vez crecer también era esto: entender que no vine al mundo a amansar fieras… sino a cuidar mi propio corazón.💛

Y tú… ¿alguna vez fuiste la amansa fieras?

¿Alguna vez intentaste amar tan fuerte a alguien, que terminaste olvidándote de ti?
¿Te quedaste esperando cambios que nunca llegaron?
¿Confundiste paciencia con sacrificio, o amor con dolor?

Tal vez esta entrada no sea solo mi historia.

Tal vez también sea un pedacito de la tuya. 💛

Sueanny Quezada

No hay comentarios:

Publicar un comentario