Quizás el problema no sea la pantalla, sino todo lo que dejamos de vivir mientras la miramos.
Confieso algo: yo también he pensado que una pantalla puede ser una salvación.
Cinco minutos para terminar algo. Cinco minutos para comer tranquila. Cinco minutos para responder un mensaje, recoger la casa, trabajar o, simplemente, respirar.
Y creo que ahí empieza una de las conversaciones más complicadas de la maternidad actual.
Porque vivimos rodeados de pantallas. Están en nuestros teléfonos, televisores, tablets, computadoras… y, aunque queramos evitarlo, forman parte de nuestra vida cotidiana. Entonces aparece la gran pregunta: ¿las pantallas son nuestras enemigas?
Creo que la respuesta no es tan sencilla.
No quiero escribir este post para decirte que una pantalla convierte automáticamente a un niño en un pequeño adicto a la tecnología, ni para hacer sentir culpable a una mamá que alguna vez puso un dibujo animado mientras necesitaba hacer algo.
Tampoco creo que la solución sea vivir como si la tecnología no existiera.
Pero sí creo que necesitamos detenernos un momento y preguntarnos algo diferente:
¿Qué está dejando de vivir mi hijo mientras está frente a una pantalla?
Y esta pregunta, aunque parece sencilla, cambia completamente la conversación.
El problema quizá no sea solamente la pantalla
Cuando hablamos de pantallas solemos concentrarnos en cuánto tiempo las utilizan nuestros hijos.
Una hora. Dos horas. Diez minutos más.
Pero existe una idea que me parece mucho más interesante: el llamado “efecto desplazamiento”.
El tiempo frente a una pantalla no ocurre en el vacío. Ese tiempo está ocupando un espacio que podría estar siendo utilizado para otra cosa: jugar, moverse, dormir, conversar, experimentar, mirar a otras personas, tocar objetos, ensuciarse las manos, aburrirse…
Y para un cerebro que está creciendo, esas experiencias son muchísimo más importantes de lo que parecen.
Pensemos, por ejemplo, en un niño jugando con bloques.
No solamente está construyendo una torre. Está intentando mantener el equilibrio, descubriendo qué pasa cuando coloca una pieza encima de otra, coordinando sus movimientos, resolviendo problemas y, probablemente, tirando toda la torre al suelo para volver a empezar.
Ahora pensemos en hacer exactamente lo mismo en una pantalla.
Puede ser divertido. Puede incluso parecer educativo.
Pero no estamos utilizando el cuerpo de la misma manera.
Y eso es justamente lo que me parece importante recordar: una experiencia digital puede parecerse a una experiencia real, pero no necesariamente reemplaza todo lo que ocurre fuera de la pantalla.
“Pero es un programa educativo…”
Aquí aparece otro de los grandes argumentos que solemos utilizar.
“Pero está viendo algo educativo.”
Y sí, existen contenidos pensados para enseñar.
Pero cuando hablamos de bebés y niños muy pequeños, el aprendizaje no ocurre solamente porque alguien les muestre información.
Durante los primeros años, necesitan algo mucho más básico y mucho más poderoso: interacción humana.
Un bebé aprende cuando le hablamos, cuando respondemos a sus sonidos, cuando señalamos algo y le ponemos un nombre, cuando lo miramos a los ojos, cuando jugamos con él.
Es ese intercambio de ida y vuelta el que ayuda a construir sus conexiones y habilidades.
Una pantalla puede mostrarle el dibujo de un perro.
Pero otra cosa muy diferente es que mamá señale un perro de verdad y diga:
“¡Mira! ¡Un perrito!”
Y después el bebé mire a mamá, vuelva a mirar al perro, haga un sonido, mamá responda, el perro ladre y todos terminen riéndose.
Eso es aprendizaje también.
Y, probablemente, mucho más rico de lo que parece.
Por eso las principales recomendaciones citadas en el documento desaconsejan el uso de pantallas en los primeros años, especialmente en bebés pequeños.
El famoso “chupete digital”
Y aquí llegamos a una parte que, como mamá, me parece especialmente difícil.
Porque todos sabemos que un niño puede estar cansado, aburrido, frustrado o tener uno de esos berrinches que parecen haber sido escritos por un guionista de película de acción. 😂
Y entonces aparece la pantalla.
- Un video.
- Una canción.
- Un dibujo.
- Silencio.
- Funcionó.
El problema aparece cuando la pantalla empieza a convertirse en nuestra herramienta principal para regular las emociones de nuestros hijos.
Si cada vez que está aburrido le damos una pantalla, ¿cuándo aprende a tolerar el aburrimiento?
Si cada vez que está frustrado le damos una pantalla, ¿cuándo aprende a atravesar la frustración?
Si cada berrinche termina con un teléfono delante de sus ojos, ¿cuándo tiene la oportunidad de aprender a calmarse con otras herramientas?
El documento recoge precisamente esta preocupación: utilizar la pantalla como un “chupete digital” puede hacer que el niño dependa de un estímulo externo para alcanzar la calma, en lugar de ir desarrollando poco a poco su propia capacidad de autorregulación.
Y ojo: esto no significa que una vez que le pusiste un video durante un berrinche hayas arruinado su desarrollo.
Por favor, respiremos. 😅
La crianza no funciona así.
Se trata más bien de observar nuestros hábitos y preguntarnos si estamos utilizando la tecnología como una herramienta ocasional o si poco a poco se está convirtiendo en la respuesta automática para todo.
También hay un cuerpo detrás de esos ojos
A veces pensamos en las pantallas solamente desde lo emocional o lo cognitivo, pero nuestros hijos también tienen un cuerpo que necesita moverse.
- Dormir.
- Correr.
- Gatear.
- Caminar.
- Saltar.
- Jugar en el suelo.
- Mirar a lo lejos.
Y cuando las pantallas ocupan demasiado tiempo, también pueden desplazar esas actividades.
El documento señala asociaciones entre el uso excesivo y una menor actividad física, alteraciones del sueño y otros hábitos poco saludables.
Por eso no se trata solamente de decir:
“Mi hijo estuvo una hora viendo televisión.”
La pregunta también puede ser:
- “¿Durmió bien?”
- “¿Jugó?”
- “¿Se movió?”
- “¿Pasó tiempo conmigo?”
- “¿Tuvo oportunidad de aburrirse?”
- “¿Salió a descubrir el mundo?”
Porque una infancia saludable no se construye solamente contando minutos frente a una pantalla.
Se construye con todo lo que sucede cuando la pantalla está apagada.
Y aquí viene la parte incómoda: nosotros
Nuestros hijos también aprenden mirándonos.
Y esto me parece particularmente importante porque podemos decirles:
“Deja el celular.”
Mientras nosotros estamos mirando el nuestro.
Podemos pedirles que no lleven la tablet a la mesa mientras respondemos mensajes durante la cena.
Podemos decirles que las pantallas no son para antes de dormir mientras nosotros seguimos haciendo scroll hasta la medianoche.
Los adultos somos su referencia.
Por eso una de las estrategias que plantea el documento es establecer espacios libres de tecnología, como la mesa durante las comidas, para recuperar esos momentos de conversación e interacción.
Y quizá esta sea una de las partes más difíciles.
Porque poner límites a nuestros hijos puede ser complicado.
Pero poner límites a nosotros mismos… uff. Esa es otra historia. 😂
Entonces, ¿cuánto es demasiado?
Pero incluso teniendo una cifra delante, creo que hay algo que no deberíamos perder de vista.
No todo se puede medir en minutos.
Porque una hora de pantalla no significa exactamente lo mismo en todas las circunstancias.
No es igual una hora en la que un adulto está acompañando al niño, conversando sobre lo que está viendo y después salen a jugar, que una hora que reemplaza sistemáticamente el juego, el sueño, la comida en familia o la interacción con otras personas.
Por eso me gusta más hablar de equilibrio que de miedo.
Entonces… ¿son nuestras enemigas?
No.Las pantallas no son monstruos escondidos debajo de la cama esperando atrapar a nuestros hijos.
Son herramientas.
Y, como muchas herramientas, importa muchísimo cómo, cuándo y cuánto las utilizamos.
El objetivo tampoco debería ser criar niños que nunca hayan visto una pantalla.
Vivimos en un mundo digital y nuestros hijos crecerán rodeados de tecnología.
El verdadero desafío es enseñarles que la tecnología forma parte de la vida, pero no es la vida completa.
Que una pantalla puede entretenerlos, pero no reemplaza jugar.
Que un video puede enseñarles algo, pero no sustituye una conversación.
Que un celular puede calmarlos durante unos minutos, pero también necesitan aprender poco a poco a reconocer y manejar sus emociones.
Que pueden disfrutar de la tecnología y, al mismo tiempo, aprender a apagarla.
Y quizás, al final, la pregunta más importante no sea:
“¿Cuántas horas de pantalla puede ver mi hijo?”
Quizás deberíamos preguntarnos:
“¿Qué está dejando de descubrir mientras está frente a ella?”
Porque mientras mira una pantalla, quizá no está mirando una hormiga cruzar el patio.
Quizá no está intentando construir una torre que inevitablemente se va a caer.
Quizá no está escuchando una historia por décima vez.
Quizá no está aprendiendo a esperar.
Quizá no está inventando un juego porque está aburrido.
Quizá no está mirando nuestros ojos mientras le contamos algo.
Y todas esas pequeñas cosas que parecen insignificantes…
son precisamente las cosas con las que está construyendo su mundo.
Así que no, quizá las pantallas no sean nuestras enemigas.
Pero tampoco deberían convertirse en el lugar donde nuestros hijos viven su infancia. 💚
Y quizá esa sea la verdadera tarea que tenemos como padres: no eliminar la tecnología de sus vidas, sino asegurarnos de que todavía quede muchísimo espacio para todo lo demás.
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— Sua
Flying to the Sky with Sua
















