FLYING TO THE SKY with Sua
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Quizá porque los absolutos son fáciles cuando hablamos de la vida de los demás.

Es sencillo mirar una situación desde afuera y decir qué debería hacer alguien.

Lo difícil es estar dentro de ella.

Sentirla.

Vivirla.

Tomar decisiones con miedo, amor, rabia, esperanza, tristeza y mil pensamientos chocando al mismo tiempo.

Por eso hoy intento tener más cuidado cuando digo “yo jamás…”.

No porque crea que todo esté permitido.

Hay cosas que siguen siendo límites para mí.

Valores que quiero conservar.

Comportamientos que no quiero normalizar.

Pero entendí que tener límites no significa creer que tenemos todas las respuestas.

Quizá crecer también es aceptar que podemos cambiar de opinión.

Y que cambiar de opinión no nos hace débiles, incoherentes o ingenuos.

A veces solo significa que vivimos algo que antes no conocíamos.

La Sue de hace unos años no tenía las experiencias que tiene la de ahora.

No conocía ciertas heridas.

No conocía ciertas formas de amar.

No sabía lo que era ser mamá.

No sabía cómo reaccionaría ante determinadas situaciones.

Y tampoco sabía que algún día miraría atrás y pensaría:

“Mira tú… resulta que no sabía nada.” 😂

Quizá los absolutos existen, pero son mucho menos de los que creemos.

Porque la vida tiene una forma muy particular de recordarnos que nunca terminamos de conocernos.

Y tal vez eso no sea algo malo.

Tal vez sea una de las cosas más bonitas de estar vivos.

Saber que todavía podemos sorprendernos.

Que podemos cambiar.

Que podemos aprender.

Que podemos equivocarnos.

Que podemos perdonar.

Que podemos poner límites.

Que podemos volver a empezar.

Y que esa persona que jurábamos ser para siempre… quizá solo era una versión de nosotros que aún no había vivido lo suficiente.

Pero hay un pensamiento que siempre me ha inquietado cuando hablamos de “absolutos”.

Porque si lo pienso bien… hay uno que parece escaparse de todo esto.

La muerte.

Ese momento que, al menos en teoría, todos compartimos.

Ese final que no depende de nuestras decisiones, ni de nuestros cambios de opinión, ni de nuestras segundas oportunidades.

Y entonces me pregunto: ¿será ese el único verdadero absoluto?

¿O incluso ahí, en lo inevitable, también hay matices que no alcanzamos a comprender?

Quizá no lo sabemos.

Quizá no lo podemos saber.

Y tal vez esa sea justamente la respuesta.

Que hay cosas que no están hechas para ser entendidas del todo.

Solo para recordarnos lo pequeños que somos frente a la vida… y lo mucho que intentamos controlarla con palabras como “nunca” o “siempre”.

Así que hoy, cuando alguien me pregunta qué haría en determinada situación, intento no responder tan rápido.

Porque después de todo lo que he vivido, aprendí algo:

Nunca digas nunca.

La vida tiene un extraño sentido del humor.

Y, créanme, a veces le encanta demostrarnos que estábamos equivocados.

¿Y tú, en qué cosas has cambiado de opinión con el tiempo?

 




Hay lugares a los que nadie puede acompañarte.

No importa cuánto te amen, cuántas personas tengas a tu alrededor o cuántos consejos recibas. Hay caminos que únicamente tú puedes recorrer. Uno de ellos es el de cuidar de ti.

Este fin de semana lo entendí mientras hacía algo tan sencillo como caminar.

Pasamos unos días muy bonitos en familia. Fuimos a una granjita con mi hermana, su familia, mi esposo y mi pequeño Gus. Ver a Gustavo descubrir a los animalitos con esos ojos llenos de curiosidad fue uno de esos momentos que quisiera guardar para siempre.


 
Al día siguiente decidimos salir a caminar por el barrio. También llevamos a Copo e Isco, quienes hace tiempo no disfrutaban de un paseo. Fue una caminata tranquila, sin prisas, sin un destino importante, simplemente caminando juntos.

Y, aunque parezca extraño, esa caminata me hizo pensar mucho.

Desde que quedé embarazada dejé el ejercicio. Entre el embarazo, el posparto y la rutina de convertirme en mamá, mi cuerpo cambió muchísimo. Hoy ya no tengo la misma resistencia de antes y, siendo completamente honesta, la caminata me costó más de lo que esperaba.

Por un momento pensé en todo lo que me falta para volver a sentirme fuerte.

Pero después entendí algo.

Tal vez no necesito volver a ser la persona que hacía ejercicio antes.

Tal vez solo necesito empezar a moverme otra vez.

Hace unos días leí un artículo que hablaba justamente sobre esto. La ciencia ha demostrado que caminar, una actividad que muchas veces subestimamos, puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para cuidar nuestra salud.

 

Lo interesante es que el mayor beneficio no ocurre en quienes ya hacen mucho ejercicio, sino en quienes pasan de no moverse casi nada a caminar un poco más cada día. Incluso aumentar unos pocos minutos diarios ya representa una diferencia importante para nuestro cuerpo.

Y eso me dio mucha tranquilidad.

Vivimos en una cultura donde parece que todo debe ser extremo: 
  • Entrenamientos intensos, 
  • retos de treinta días, 
  • gimnasios, 
  • metas enormes. 
Si no puedes hacerlo todo, sientes que no vale la pena hacer nada.

Pero nuestro cuerpo no piensa así.


Cada paso cuenta.


La Organización Mundial de la Salud incluso reconoce que no hace falta dedicar una hora completa al ejercicio para obtener beneficios. Esos pequeños momentos de movimiento durante el día también suman y ayudan a construir una mejor salud.

 
Mientras caminaba por el barrio me di cuenta de que no solo estaba haciendo ejercicio.

  • Estaba conociendo el lugar donde vivo.
  • Estaba respirando aire fresco.
  • Estaba viendo a mis perros disfrutar.
  • Estaba compartiendo tiempo con mi hijo.
  • Estaba regalándome un momento lejos de las pantallas.

Y quizás eso también sea salud.

Hay otro dato que me impresionó muchísimo: algunos estudios sugieren que incorporar alrededor de treinta minutos de caminata diaria podría aumentar la esperanza de vida en varios años. Pero, más que vivir más tiempo, lo que realmente importa es vivir mejor. Llegar a la vejez con mayor autonomía, con un cuerpo que todavía pueda acompañarnos en las cosas sencillas de la vida.

Porque, al final, ¿de qué sirve vivir muchos años si no podemos disfrutarlos?

No sé si algún día volveré a tener el estado físico que tenía antes de convertirme en mamá.

Quizás sí.

Quizás no.

Pero hoy ya no quiero medir mi progreso comparándome con la mujer que era hace unos años.

Prefiero compararme con la mujer que fui ayer.

Si hoy camino diez minutos más que la semana pasada, ya es un avance.

Si hoy elijo salir con Gustavo en lugar de quedarme sentada todo el día, ya gané.

Y si esos pequeños pasos también le enseñan a mi hijo que cuidar de uno mismo es importante, entonces el regalo será mucho más grande que cualquier número en una balanza.

Tal vez por eso el verdadero secreto no sea correr más rápido.

Tal vez el secreto sea simplemente decidir caminar un poco más.

Porque hay un camino hacia una vida más saludable al que nadie puede llevarnos de la mano.

Ese camino... es uno que solo nosotros podemos recorrer.

Y todo comienza con un solo paso.


 
Mi conclusión


A veces creemos que cambiar nuestra vida requiere decisiones enormes, cuando en realidad las transformaciones más importantes comienzan con acciones casi imperceptibles.

Caminar no resolverá todos nuestros problemas, pero puede regalarnos algo que muchas veces olvidamos en medio del caos diario: tiempo para respirar, para pensar, para reconectar con nuestro cuerpo y con quienes amamos.

Después de este fin de semana entendí que no necesito esperar a sentirme en mi mejor versión para empezar a cuidarme. No necesito recuperar de golpe la condición física que tenía antes de ser mamá. Solo necesito dar un paso más que ayer.

Quizás ese sea el verdadero secreto: dejar de buscar la perfección y empezar a construir hábitos que podamos sostener con amor y constancia.

Porque al final, cada paseo con Gustavo, cada ladrido feliz de Copo e Isco y cada minuto que decido regalarle a mi salud son pequeños recordatorios de que también merezco cuidar de mí.

Y si una simple caminata puede sumar años a nuestra vida, pero sobre todo vida a nuestros años, entonces vale la pena salir a dar ese primer paso.

💬 Me gustaría leerte

Ahora quiero hacerte algunas preguntas. Me encanta leer las experiencias de quienes pasan por aquí y saber cómo viven estas pequeñas reflexiones.
¿Cuándo fue la última vez que saliste a caminar sin mirar el reloj?
¿Hay algún lugar cerca de tu casa que aún no conoces porque nunca te has dado el tiempo de recorrerlo a pie?

✨ Cuéntamelo en los comentarios. Me encantará leer tu historia y seguir caminando, aunque sea a través de las palabras, junto a ti.



The Drama (2026) y el miedo de descubrir quién duerme a nuestro lado





Hay películas que entretienen.

Hay otras que emocionan.

Y luego están esas que, cuando aparecen los créditos, no sabes muy bien qué sentir porque, en realidad, la película nunca terminó. Se quedó contigo.

Eso me pasó con The Drama, la nueva película de Kristoffer Borgli protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson.

Entré esperando una historia romántica con ese aire independiente que tanto caracteriza a A24. Salí cuestionándome algo mucho más incómodo:

¿Es posible conocer realmente a la persona que amamos?


Cuando el amor también es una actuación


Todo comienza como si estuviéramos viendo una clásica comedia romántica.

Una cafetería.

Dos desconocidos.

Una conversación que parece casual.

Charlie fotografía el libro que está leyendo Emma para fingir que también lo conoce y así iniciar una conversación.

Parece una pequeña mentira inocente.

Pero Borgli deja claro desde ese momento que toda relación comienza con una versión cuidadosamente editada de nosotros mismos.

Todos mostramos nuestra mejor cara al principio.

La más interesante.

La más divertida.

La más segura.

La pregunta es qué ocurre cuando esa máscara empieza a romperse.


La confesión que destruye todo


Existe una escena que sostiene el peso de toda la película.

Durante una cena entre amigos surge un juego aparentemente inofensivo: contar el peor acto que cada uno ha cometido.

Entonces Emma habla.

Y lo que revela cambia por completo la forma en que Charlie —y también nosotros como espectadores— la vemos.

No porque descubramos que es una persona distinta.

Sino porque entendemos que nunca la conocimos realmente.

Lo fascinante es que la película nunca intenta justificarla.

Tampoco intenta convertir a Charlie en la víctima perfecta.

Mientras él intenta procesar lo que acaba de escuchar, también toma decisiones egoístas y moralmente cuestionables.

Aquí nadie es completamente bueno.

Pero tampoco completamente malo.

Y quizás esa sea la parte más aterradora.


¿Amamos a la persona... o a la idea que construimos?


Mientras veía la película no podía dejar de pensar en algo.

Muchas veces creemos enamorarnos de alguien.

Pero en realidad nos enamoramos de la historia que hemos construido sobre esa persona.

De lo que imaginamos que es.

De lo que esperamos que sea.

Cuando esa imagen se rompe, no solo cambia la relación.

También cambia nuestra propia identidad.

Porque parte de quienes somos está construida alrededor de cómo vemos al otro.


Las máscaras que todos usamos


Hay un concepto en psicología llamado la máscara o persona, desarrollado por Carl Jung.

No se trata de fingir.

Se trata de la versión de nosotros que mostramos para poder convivir con el mundo.

Todos la tenemos.

En el trabajo.

Con amigos.

En redes sociales.

Incluso con nuestra pareja.

The Drama convierte esa idea en el corazón de su historia.

Charlie y Emma parecen enamorados.

Pero poco a poco descubrimos que ambos se enamoraron de una versión cuidadosamente construida del otro.

Y quizás eso no sea tan diferente de la vida real.


El silencio también habla




Uno de los detalles que más me gustó fue la pérdida parcial de audición de Emma.

No funciona únicamente como una característica del personaje.

Es una metáfora.

Mientras Charlie intenta desesperadamente comprender quién es realmente la mujer con la que comparte su vida, Emma parece vivir en un espacio donde nadie consigue escuchar aquello que realmente sucede dentro de ella.

La comunicación existe.

Pero la comprensión nunca termina de llegar.

Y creo que pocas películas representan tan bien esa sensación.


Un final que no ofrece respuestas


No voy a contar exactamente cómo termina.

Solo diré que la película toma una decisión muy valiente.

No busca reconciliar.

No busca explicar.

Ni siquiera pretende cerrar todas las heridas.

Más bien nos deja frente a una idea incómoda:

Quizá algunas relaciones sobreviven no porque conozcamos completamente al otro...

sino porque elegimos no hacerlo.


Mi reflexión



The Drama no es una película sobre un secreto.

Es una película sobre el miedo.

El miedo de descubrir quién es realmente la persona que duerme a nuestro lado.

Pero, siendo sincera...

también es el miedo de que algún día alguien descubra quiénes somos nosotros cuando nadie está mirando.

Y esa fue la pregunta que me llevé al ver la película.

No si Charlie y Emma seguirán juntos.

Sino si el amor consiste en conocer absolutamente a alguien...

o en decidir quedarse incluso cuando descubrimos que nunca terminaremos de hacerlo.

Ahora te hago una pregunta: ¿Es el amor lo que nos mantiene unidos, o simplemente el terror a que el otro descubra quiénes somos realmente cuando nadie nos mira?











Querida Sueanny:


No sé si alguna vez alguien te escribió una carta para pedirte perdón.

Quizá por eso hoy quiero hacerlo yo.

Porque hay palabras que llevo demasiado tiempo debiéndote.

Antes que nada, quiero darte las gracias.

Gracias por seguir aquí.

Sé que no ha sido un camino sencillo. Sé que hubo días en los que sonreías mientras por dentro intentabas recoger los pedazos de un corazón cansado. Días en los que dudabas de ti, de tus decisiones y hasta de tu propio valor. Días en los que pensabas que, si hacías un esfuerzo más, si amabas un poco más o si dabas un poco más de ti, finalmente serías suficiente para alguien.

Y, aun así, nunca dejaste de seguir adelante.

Pero hoy no quiero hablar de tu fortaleza.

Hoy quiero pedirte perdón.

Perdón por todas las veces que te hice creer que no eras suficiente.

Perdón por exigirte tanto cuando apenas estabas aprendiendo. Por compararte con personas que iban por caminos completamente distintos al tuyo. Por hacerte sentir pequeña cada vez que algo no salía perfecto.

Olvidé que nadie nace sabiendo.

Olvidé que equivocarse también es una forma de crecer.

Perdón por todas las veces que te miraste al espejo buscando defectos.

Qué injusta fui contigo.

Ese cuerpo al que tantas veces criticaste fue el mismo que sostuvo tus peores días. El mismo que soportó el cansancio, el miedo, las lágrimas y, sobre todo, el milagro más grande que has vivido: traer a Gustavo al mundo.

Mientras tú solo veías estrías, kilos de más o aquello que querías cambiar, él seguía trabajando todos los días para mantenerte viva.

Quizá no sea el cuerpo que imaginabas tener, pero ha sido el hogar que nunca te abandonó.

Prometo que, a partir de hoy, voy a intentar mirarte con más ternura y menos exigencia.

Pero también quiero pedirte perdón por algo que durante mucho tiempo no supe ver.


Perdón por todas las veces que te hiciste pequeña para caber en la vida de alguien más.

Perdón por creer que, si cambiabas un poco más, si callabas un poco más o si soportabas un poco más, finalmente serías suficiente para esa persona.

Hoy puedo mirar esa historia con otros ojos.

Ya no siento rabia.

Tampoco necesito señalar culpables.

Solo entiendo que estaba intentando recibir amor de alguien que no sabía cómo ofrecerlo.

Y mientras intentaba encajar en un lugar donde nunca pertenecí, fui dejando partes de mí en el camino.

Dejé de decir lo que pensaba.

Dejé de defender lo que necesitaba.

Dejé de ocupar el espacio que merecía.

Me convencí de que amar significaba sacrificarme.

Que querer era aguantar.

Que, si soportaba un poco más, algún día todo cambiaría.

Y qué equivocada estaba.

Hoy entiendo que el amor nunca debería pedirte que renuncies a quien eres para poder conservarlo.

Perdón por haberte hecho creer que desaparecer un poco era la única forma de que alguien se quedara.

Porque quien realmente te ama nunca necesita que seas menos para sentirse más.

Perdón por todas las veces que entregaste tu corazón completo a personas que apenas sostenían una pequeña parte del suyo.

Sé cuánto te esforzabas.

Pensabas que, si eras más paciente, más amable o más comprensiva, finalmente alguien elegiría quedarse.

Pero el amor nunca debió sentirse como un examen que había que aprobar.

Las personas correctas no necesitan que te rompas para demostrar cuánto las amas.

Perdón por las veces que callaste.

Por todas esas conversaciones que ensayaste una y otra vez en tu cabeza, pero nunca pronunciaste por miedo a incomodar a alguien.

Qué triste pensar que llegaste a creer que tus sentimientos eran una carga.

No lo eran.

Nunca lo fueron.

Tu voz siempre mereció ser escuchada.

Y, por favor, perdóname por haber dudado de ti cuando supiste que ibas a ser mamá.

Recuerdo ese miedo.

Recuerdo preguntarme si seríamos capaces.

Si estaríamos a la altura.

Si Gustavo algún día sentiría que tenía una buena madre.

Hoy, cada vez que él sonríe al verte, encuentro la respuesta.

No eres una mamá perfecta.

Pero eres exactamente la mamá que él necesita.

Y eso basta.

También quiero agradecerte por haber tenido el valor de volver a creer en el amor.

Porque después de las heridas es fácil levantar muros.

Es fácil pensar que todas las historias terminarán igual.

Pero la vida, a veces, también nos regala personas que deciden quedarse para construir y no para destruir.

Hoy mi relación también tiene cicatrices.

Hemos cometido errores.

Nos hemos herido.

Hemos llorado.

Y ha habido momentos en los que parecía más sencillo rendirse que continuar.

Pero hay una diferencia enorme con respecto al pasado.

Hoy camino junto a alguien que también ha decidido mirar hacia adentro.

Alguien que reconoce que aún tiene cosas por sanar, que entiende que el amor también requiere trabajo y que está dispuesto a crecer a mi lado.

Y yo también lo estoy.

Porque entendí que una relación no sobrevive porque dos personas nunca fallen.

Sobrevive cuando ambas tienen la humildad de reconocer sus errores, pedir perdón, aprender y volver a elegirse una y otra vez.

Ya no busco un amor perfecto.

Busco un amor donde los dos queramos construir.

Donde ambos estemos dispuestos a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Y creo que esa diferencia cambia absolutamente todo.

Sue...

No puedo cambiar el pasado.

No puedo borrar las lágrimas que derramaste ni las noches en las que sentiste que no eras suficiente.

Pero sí puedo prometerte algo.

La próxima vez que tropieces, no voy a insultarte.

Voy a darte la mano.

La próxima vez que te mires al espejo, intentaré buscar primero todo lo que hace hermoso a ese cuerpo que tanto ha luchado.

La próxima vez que alguien no sepa valorar tu corazón, no pensaré que eres tú quien tiene menos valor.

Y la próxima vez que olvides quién eres...

Voy a volver a escribirte.

Porque mereces escuchar de ti misma las palabras que tantas veces esperaste recibir de alguien más.

Con todo el amor que, por fin, estoy aprendiendo a darte,

Sue.









¿Y si hoy también te escribieras una carta?


A veces somos expertos en perdonar a los demás, pero olvidamos pedirnos perdón a nosotros mismos.

Quizá el amor propio no empieza con un gran cambio, sino con una simple frase:

"Lo siento por todo lo que te hice creer de ti."

Tal vez hoy sea un buen día para empezar esa conversación.

Hay días en los que ser mamá pone a prueba hasta la última gota de paciencia que tenemos.

Aunque Gustavo todavía es pequeño, ya puedo imaginar esos momentos que seguramente llegarán: cuando diga "no" por primera vez, cuando haga una rabieta en el supermercado, cuando rompa algo importante o cuando simplemente decida no escucharme.

Y, siendo completamente honesta, sé cuál será mi primer impulso.

Castigarlo.

No porque quiera hacerle daño. Todo lo contrario. Porque así crecimos muchos de nosotros. Nos enseñaron que un castigo era sinónimo de educación. Que los gritos corregían. Que el miedo hacía que los niños aprendieran.

Pero hace poco leí varios estudios sobre disciplina positiva y neurociencia infantil que hicieron tambalear muchas de esas creencias que llevaba conmigo desde hace años.

Y hoy quiero compartir contigo algunas de las reflexiones que más me marcaron.

¿Los niños se portan mal... o simplemente están aprendiendo?

Creo que una de las ideas que más me sorprendió fue entender que la mayoría de las veces los niños no buscan hacernos la vida imposible.

·        No están planeando cómo desafiar nuestra autoridad.

·        No quieren arruinarnos el día.

·        Muchas veces simplemente están aprendiendo cómo funciona el mundo.

·        A veces no entienden una norma.

·        Otras veces buscan atención.

·        En ocasiones están cansados, frustrados o sienten emociones tan grandes que todavía no saben cómo expresarlas.

Cuando cambiamos la pregunta de "¿Por qué se porta tan mal?" por "¿Qué necesita aprender en este momento?", nuestra forma de reaccionar también cambia.

Y eso, para mí, fue un cambio enorme.

El cerebro de nuestros hijos todavía está en construcción

Existe algo que me pareció fascinante.

El cerebro humano no termina de desarrollarse hasta aproximadamente los 25 años.

Sí, leíste bien.

Veinticinco años.

La parte del cerebro encargada de controlar impulsos, reflexionar antes de actuar, ponerse en el lugar del otro y regular las emociones es justamente la última en madurar.

Entonces entendí algo.

Muchas veces esperamos que un niño tenga la capacidad de controlar emociones que ni siquiera algunos adultos sabemos manejar.

No significa que debamos permitir cualquier comportamiento.

Significa que necesitan guía antes que juicio.

El miedo puede detener el aprendizaje

Esta fue probablemente la lección que más me hizo pensar.

Cuando un niño siente miedo —ya sea por un grito, un castigo o una humillación— su cerebro entra en modo supervivencia.

En ese momento deja de aprender.

No está reflexionando sobre lo que hizo.

No está desarrollando empatía.

Solo quiere escapar, defenderse o evitar volver a ser descubierto.

Y entonces apareció una pregunta que todavía sigue dando vueltas en mi cabeza.

¿Quiero que mi hijo haga las cosas bien porque tiene miedo de mí... o porque comprende por qué son importantes?

La respuesta fue evidente.

Castigar no es lo mismo que enseñar consecuencias



Durante mucho tiempo pensé que ambas cosas eran iguales.

Pero no lo son.

El castigo busca que el niño pague por lo que hizo.

Las consecuencias buscan que comprenda el impacto de sus acciones.

Si rompe un juguete por enojo, quizá pueda ayudar a recoger los pedazos.

Si ensucia una pared, puede colaborar limpiándola.

No se trata de humillar.

Se trata de reparar.

Porque la vida también funciona así.

Nuestras acciones tienen consecuencias, pero casi siempre existe la posibilidad de aprender y reconstruir.

Y me gusta mucho más esa enseñanza que simplemente imponer un castigo.

Tal vez primero necesitamos construir una relación

Otra idea que me encantó fue esta:

No podemos pasar el 90 % del tiempo corrigiendo a nuestros hijos y solo el 10 % disfrutando con ellos.

El vínculo se construye jugando.

Ø  Conversando.

Ø  Abrazando.

Ø  Escuchando.

Ø  Riéndonos juntos.

Cuando existe una relación fuerte, los límites también se reciben de una forma diferente.

No porque haya miedo.

Sino porque existe confianza.

Cambiar las preguntas cambia la conversación

En lugar de preguntar:

—¿Por qué hiciste eso?

Podemos intentar decir:

—¿Qué pasó?

—¿Cómo crees que se sintió la otra persona?

—¿Qué podríamos hacer para reparar lo ocurrido?

Son preguntas sencillas.

Pero invitan a pensar.

Y, sobre todo, enseñan responsabilidad sin destruir la autoestima.

Una reflexión que quiero guardar para el futuro

No sé cómo será Gustavo cuando tenga cinco años.

O diez.

O quince.

Seguramente habrá momentos en los que perderé la paciencia. Días en los que sentiré ganas de gritar, de imponer un castigo o de pensar que la solución rápida es la mejor.

No soy una mamá perfecta, ni creo que exista alguien que lo sea.

Pero sí quiero recordar algo cada vez que llegue uno de esos días difíciles.

Mi hijo no necesita una juez.

Necesita una guía.

Alguien que le enseñe con firmeza, pero también con respeto.

Alguien que le marque límites sin hacerle sentir que el amor depende de que siempre haga todo bien.

Porque, al final, no quiero que Gustavo me obedezca por miedo.

Quiero que algún día tome buenas decisiones incluso cuando yo no esté cerca.

Y quizá esa sea la diferencia más grande entre castigar y educar.


¿Y tú qué opinas?

¿Crees que el castigo sigue siendo necesario o también estás descubriendo nuevas formas de educar desde el respeto y la conexión? Me encantaría leerte en los comentarios. 💚

 


Cómo el scroll infinito nos está quitando lo más valioso: nuestra atención.

Hay momentos en los que uno cree que solo va a revisar una notificación.

Cinco minutos, un video, un par de publicaciones. Y de pronto levantas la mirada... han pasado cuarenta minutos.

No recuerdas exactamente qué viste, pero sí cómo te sientes: cansada, distraída y con la sensación de que el tiempo simplemente desapareció.

Durante los últimos días decidí investigar sobre el famoso scroll infinito, esa función presente en casi todas las redes sociales que nos permite seguir deslizando el dedo sin encontrar nunca un final.

Mientras más leía, más entendía que no se trataba de una falta de disciplina.

Está diseñado para eso.

¿Qué es el scroll infinito?

Nuestro cerebro recibe pequeñas dosis de dopamina cada vez que deslizamos el dedo esperando encontrar "el siguiente gran video". No es el contenido el que genera el mayor placer, sino la expectativa de descubrir qué viene después. Es el mismo principio que utilizan las máquinas tragamonedas: nunca sabes cuándo llegará la siguiente recompensa, y precisamente esa incertidumbre hace que sea tan difícil detenerse.



Pero toda esa investigación me hizo enfrentar una verdad mucho más incómoda.

No estaba leyendo sobre otras personas. Estaba leyendo sobre mí.

Recuerdo un día en el que Gustavo estaba sentado en el piso intentando llamar mi atención con uno de sus juguetes. Yo respondía con un "ya voy", mientras seguía deslizando el dedo por la pantalla. Cuando finalmente levanté la mirada, él ya estaba entretenido jugando solo. No fue un gran drama. Pero entendí que había elegido un video que hoy no recuerdo, en lugar de esos segundos que jamás volverán.

No significa que dejara de cuidarlo. Jamás he descuidado sus terapias, su alimentación o sus necesidades. Pero sí descubrí que muchas veces estaba físicamente con él... mientras mi mente seguía atrapada dentro de una pantalla.

Y eso me dolió.

Porque entendí que el tiempo no siempre se pierde haciendo cosas malas; a veces también se nos escapa haciendo cosas que parecen inofensivas.

Muchísimo. La maternidad me ha enseñado que los recuerdos importantes casi nunca llegan haciendo ruido.

No existe una notificación que diga:

"Este será el último día que tu bebé intente decir una palabra de esa forma."

 

O:

"Hoy será la última vez que se ría exactamente así."

Esos momentos simplemente pasan. Y si estamos mirando el celular... nunca vuelven.

Lo más impactante de todo es que el scroll infinito ni siquiera fue creado con la intención de volvernos adictos. En 2006, el diseñador Aza Raskin buscaba hacer que navegar fuera más cómodo, eliminando la necesidad de cambiar de página. Sin embargo, con el tiempo esa idea terminó convirtiéndose en una de las herramientas más eficaces para retener nuestra atención durante horas. El propio creador ha reconocido el enorme impacto que tuvo aquel diseño.

Hoy incluso varios organismos internacionales están cuestionando este tipo de diseños porque fomentan un consumo interminable de contenido y dificultan que el usuario decida conscientemente cuándo detenerse.

Y entonces apareció una pregunta que me hizo detenerme.

¿Cuántos momentos importantes estoy cambiando por videos que probablemente olvidaré mañana?

No escribo esto porque ya lo haya logrado. De hecho, sigo luchando contra ese impulso automático de desbloquear el teléfono cada vez que tengo unos minutos libres. Escribo este blog porque necesitaba recordármelo a mí misma.



Una pausa para recuperar nuestra atención

Después de leer tanto sobre este tema entendí que no basta con reconocer el problema; también necesitamos pequeñas acciones que nos ayuden a recuperar el control. No se trata de eliminar las redes sociales de nuestra vida, sino de volver a decidir cuándo queremos usarlas y cuándo preferimos vivir el momento presente.

Estas son tres estrategias sencillas que pienso empezar a aplicar y que quizá también puedan servirte:

Tres formas sencillas de recuperar tu atención.

📱 Cambia tu celular a escala de grises

Nuestro cerebro se siente naturalmente atraído por los colores intensos. Al activar la escala de grises, las aplicaciones pierden parte de ese atractivo visual y disminuye el impulso de abrirlas constantemente. Es un pequeño cambio que puede hacer una gran diferencia.

⏳ Practica la regla de los cinco segundos

Antes de abrir una red social, detente un momento y pregúntate:

¿Voy a entrar porque realmente necesito algo... o solo porque estoy aburrida?

Esos cinco segundos le devuelven a nuestro cerebro la oportunidad de elegir conscientemente, en lugar de actuar por costumbre.

💻 Usa las versiones web cuando sea posible

Puede sonar extraño, pero acceder a redes sociales desde el navegador en lugar de la aplicación suele hacer la experiencia menos "adictiva". Al haber un poco más de fricción y menos automatización, es más fácil recordar por qué entraste y también más sencillo decidir cuándo salir.



·         Quiero volver a aburrirme un poco.

·         Quiero volver a observar las nubes mientras Gustavo juega.

·         Quiero terminar un libro sin revisar Instagram cada diez páginas.

·         Quiero volver a tener conversaciones completas sin mirar una pantalla.

·         Quiero estar presente.

Porque al final entendí algo muy sencillo. Internet siempre tendrá algo nuevo esperándome. Mi hijo, en cambio, solo vivirá esta infancia una vez.

Y ese tiempo... ese sí tiene un final.

Lo que me llevo de esta experiencia

  • La dopamina no siempre significa felicidad.
  • Estar ocupados no es lo mismo que estar presentes.
  • Mi hijo recordará mi atención, no mi tiempo frente al celular.
  • Cinco minutos menos de pantalla pueden convertirse en cinco minutos más de vida.


 


🌿 Un pequeño reto para ti... y para mí

Esta semana quiero intentar algo diferente.

Cuando sienta el impulso de abrir una red social, voy a preguntarme:

¿Estoy buscando algo... o simplemente estoy huyendo del silencio?

Si la respuesta es la segunda, cerraré el celular.

Aunque sea por cinco minutos.

Quizá dentro de algunos años Gustavo no recuerde qué juguetes tenía, qué ropa usaba o qué dibujos animados veía. Pero espero que recuerde que su mamá estaba ahí. Con la mirada puesta en él y no en una pantalla. Y creo que ese también es un regalo que quiero hacerme a mí misma.

Con cariño,

Sua 💙

"Dedicarnos tiempo también significa decidir a quién le regalamos nuestra atención."

 




 Hay días en los que parece que el tiempo no alcanza para nada.

Entre las responsabilidades, el trabajo, la casa, la maternidad y esa interminable lista de pendientes, es muy fácil olvidarnos de algo importante: nosotras.

Durante mucho tiempo pensé que para disfrutar de algo que me gustara necesitaba tener una tarde completa libre, que todo estuviera en orden y que no hubiera ninguna obligación esperando por mí. Pero la realidad es que ese momento perfecto casi nunca llega.

Así que decidí cambiar la regla.

Solo necesitaba treinta minutos.

Treinta minutos para hacer algo que alimentara mi alma y no solo mi lista de tareas.

Hace unos días decidí ver la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas. Había esperado ese momento con mucha ilusión desde que anunciaron su estreno. Preparé un té, me acomodé en el sillón y, por un rato, dejé que el mundo siguiera girando sin mí.

No fueron horas.

No fue un día entero.

Fueron apenas treinta minutos que me recordaron algo muy importante: sigo siendo esa mujer que se emociona con los libros, que disfruta analizar personajes, imaginar finales y dejarse llevar por una buena historia.

Y qué bonito es recordar quién eres más allá de los roles que desempeñas.

Porque antes de ser mamá, pareja, hija o amiga, también somos mujeres con sueños, curiosidades y pequeños placeres que merecen un espacio en nuestra rutina.

Cumbres Borrascosas



Me hizo volver a pensar en cómo el amor puede transformarse cuando no aprendemos a sanar nuestras heridas. Mientras veía la historia, no podía evitar reflexionar sobre cuánto hemos romantizado relaciones intensas que, en realidad, estaban llenas de dolor, orgullo y silencios.

Ahora que soy madre, no pude evitar cuestionar la decisión de Catherine de dejarse morir porque ya no podía estar junto a Heathcliff. Hoy miro esa historia desde una perspectiva distinta. Pienso que, como adultos, muchas situaciones podrían haberse enfrentado de otra manera. ¿Y si ella hubiera sido completamente sincera con su esposo? ¿Y si Heathcliff hubiera luchado por ese amor desde el principio? Son preguntas que probablemente nunca tendrán respuesta, pero esa es precisamente la magia de esta historia: invita a imaginar finales distintos y a debatir sobre el amor, el orgullo y las decisiones que cambian una vida.



Te dejo una pregunta provocadora para ti: ¿Es posible amar sin intentar poseer al otro, o estamos todos condenados a repetir las ruinas de nuestras propias Cumbres Borrascosas?

Y volviendo al tema de dedicarte 30 minutos, quizá por eso disfruto tanto las historias: porque siempre terminan enseñándome algo sobre la vida y, muchas veces, sobre mí misma.

No se trata solo de ver una película.

Se trata de darte permiso para sentir, para desconectarte un momento del ruido y volver a conectar con aquello que hace feliz a tu corazón.

Treinta minutos pueden parecer muy poco.

Pero a veces son suficientes para recordar que también importas.

Que tus gustos siguen ahí.

Que tus pasiones no desaparecieron; solo estaban esperando un pequeño espacio para volver a florecer.

Hoy mi invitación es sencilla.

No importa si amas leer, pintar, cocinar, caminar, escuchar música, escribir, ver una película o simplemente sentarte con una taza de café en silencio.

Regálate treinta minutos.

No cuando sobre el tiempo.

Hazlo porque tú también eres una prioridad.

Y quién sabe... tal vez esos treinta minutos terminen siendo el mejor regalo que te hiciste en toda la semana.

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