FLYING TO THE SKY with Sua
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Hay días en los que mi cerebro parece tener una afición bastante particular: complicarme la vida.

Mando un mensaje y no me responden.

Pasan dos horas.

Tres.

Y mi mente ya escribió una novela completa.

Seguro está molesto conmigo.

¿Habré dicho algo malo?

¿Y si pasó algo?

¿Y si…?


Y cuando quiero darme cuenta, estoy preocupándome por algo que probablemente ni siquiera está ocurriendo.

Creo que todos hemos estado ahí.

Porque tener pensamientos negativos no significa que seamos personas negativas. Nuestro cerebro tiene una tendencia bastante curiosa a prestar más atención a aquello que podría salir mal. Es una especie de sistema de alarma que evolucionó para mantenernos a salvo.

El problema aparece cuando esa alarma empieza a sonar por todo.

Una preocupación se convierte en otra, luego en otra y, sin darnos cuenta, entramos en ese círculo agotador de darle vueltas a lo mismo.

A eso se le llama rumiación: pensar y repensar una situación sin necesariamente acercarnos a una solución.

Y aquí viene la parte bonita: no tenemos que creerle absolutamente todo a nuestra mente.

Podemos aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos.

Y mientras escribía esto, pensaba en algo que ya hemos hablado en este blog: hace poco escribí sobre el abismo en nuestro pulgar y sobre cómo podemos pasar horas haciendo scroll sin darnos cuenta de que nuestra atención se nos está escapando.

Pero a veces ni siquiera necesitamos abrir Instagram para entrar en un scroll infinito.

Nuestra propia cabeza puede hacerlo por nosotras.

Un pensamiento lleva a otro, después a otro… y cuando queremos darnos cuenta llevamos media hora preocupándonos por algo que ni siquiera ha ocurrido.

Así que hoy quiero compartirte cinco pequeños hacks que podemos empezar a practicar cuando nuestra cabeza decide ponerse dramática. 🧠✨


1. Ponle horario a tus preocupaciones ⏰


Este hack me parece maravilloso porque básicamente consiste en decirle a tu cerebro:

“Sí, te voy a escuchar… pero no ahora.”

La idea es reservar un pequeño momento específico del día para pensar en aquello que te preocupa.

Por ejemplo, si durante la mañana aparece ese pensamiento que empieza a dar vueltas:

“¿Y si esto sale mal?”

En lugar de seguirlo durante todo el día, puedes decir:

“Lo voy a pensar a las 6 de la tarde.”

No estás ignorando el problema.

Tampoco estás fingiendo que no existe.

Simplemente estás evitando que una preocupación se apodere de cada momento de tu día.

Porque una cosa es sentarte a resolver algo y otra muy distinta es llevarlo contigo desde que despiertas hasta que te acuestas.

A veces necesitamos enseñarle a nuestra mente que no todo pensamiento merece atención inmediata.

2. No eres tus pensamientos 🌊


Esta es probablemente una de las ideas que más me gustan.

Cuando aparece un pensamiento como:

“Soy un fracaso.”

es muy fácil comenzar a tratarlo como si fuera un hecho.

Pero prueba cambiar la frase:

“Soy un fracaso.”

por:

“Mi mente me está contando que soy un fracaso.”

¿Notas la diferencia?

La primera frase parece una sentencia.

La segunda reconoce que simplemente estamos teniendo un pensamiento.

Porque un pensamiento no siempre es una verdad.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es cansancio.

A veces es nuestra mente intentando protegernos de algo que ni siquiera ha sucedido.

Y esto me recuerda mucho a una reflexión que compartí en ¿Existen los absolutos?. Allí hablaba de cómo podemos cambiar con el tiempo y terminar siendo personas muy diferentes de aquellas que alguna vez creímos que seríamos.

Y creo que nuestros pensamientos también merecen esa misma posibilidad.

Lo que piensas hoy no tiene por qué definir quién serás mañana.

Me gusta imaginarlo así:

Tú eres el cielo y tus pensamientos son las nubes.

Algunas son blancas y ligeras.

Otras son enormes y oscuras.

Pero ninguna se queda para siempre.

Las nubes pasan.

Tú permaneces. ☁️

3. Entrena a tu cerebro para encontrar lo bonito 🌷


Aquí entra uno de mis favoritos: el diario de gratitud.

Y no, no se trata de levantarnos cada mañana fingiendo que todo es maravilloso cuando claramente no lo es.

Se trata de enseñarle a nuestro cerebro a prestar atención también a las cosas buenas.

Porque si nuestra mente está acostumbrada a buscar problemas, podemos empezar a entrenarla para detectar pequeños momentos agradables.

No necesitas escribir diez páginas.

Solo tres cosas.

Puede ser:

  • ☕ El café que disfrutaste esta mañana.
  • 🌤️ Ese momento en el que salió el sol.
  • 💛 Una conversación bonita.
  • 📖 Un libro que te está encantando.
  • 👶 Una sonrisa de tu bebé.
  • ✨ Algo que lograste aunque te haya costado.

La idea es sencilla:

No negar lo malo, sino aprender a mirar también lo bueno.

Porque a veces tenemos un día difícil y sentimos que absolutamente todo salió mal… cuando, si nos detenemos un momento, descubrimos que también hubo pequeñas cosas que estuvieron bien.

Y esas pequeñas cosas cuentan.



4. Cuando tu mente entre en bucle: ¡STOP! 🛑


Hay pensamientos que no necesitan una conversación.

Necesitan una interrupción.

Cuando notes que estás entrando en uno de esos bucles mentales, prueba decir:

“¡STOP!”

o simplemente:

“¡BASTA!”

Pero hay un detalle importante: no se trata solamente de intentar “no pensar en eso”, porque cuanto más intentamos prohibir un pensamiento, más puede aparecer.

Por eso necesitamos cambiar el foco.

Puedes probar este pequeño protocolo:

 1. Detén el pensamiento.
Di “STOP” o “BASTA”.

2. Respira profundamente.

Haz varias respiraciones lentas, prestando atención al aire entrando y saliendo.

3. Vuelve al presente con tus sentidos.

Prueba el famoso 5-4-3-2-1:

👀 5 cosas que ves.

🤲 4 cosas que puedes tocar.

👂 3 cosas que escuchas.

👃 2 cosas que hueles.

👅 1 cosa que saboreas.

Y después…

Cambia de actividad.

  • Levántate.
  • Camina.
  • Lava los platos.
  • Pon música.
  • Sal al balcón.
  • Juega con tu bebé.

Haz cualquier cosa que te ayude a volver al momento presente.

Porque a veces no necesitamos encontrar una solución inmediata.

Necesitamos simplemente salir del bucle.

5. Hazte pequeñas promesas… y cúmplelas 🤍


Este último hack me parece especialmente importante porque muchas veces queremos cambiar nuestra vida completa en un lunes.

Y terminamos frustrados el viernes.

Nos prometemos:

“Desde mañana voy al gimnasio cinco días.”

“Voy a comer perfecto.”

“Voy a leer un libro cada semana.”

“Voy a levantarme temprano todos los días.”

Y después no podemos cumplirlo todo.


Entonces aparece esa vocecita:

“¿Ves? Nunca puedes hacer nada bien.”


Pero ¿y si dejamos de hacer promesas gigantes?

En lugar de decir:

“Voy a ir al gimnasio cinco veces por semana.”

podríamos decir:

“Voy a ir dos veces.”

Y cumplirlo.

En lugar de:

“Voy a leer todos los días.”

podríamos empezar con:

“Voy a leer diez minutos.”

La confianza en nosotros mismos también se construye así.

Con pequeñas pruebas de que hacemos lo que decimos que vamos a hacer.

Cada pequeña victoria cuenta.

Y poco a poco, nuestra narrativa interna comienza a cambiar.

De:

“No puedo.”

a:

“Mira… sí pude.”


No tienes que controlar todos tus pensamientos 🌿


Creo que esta es la parte más importante de todo.

El objetivo no es convertirnos en personas que jamás tienen pensamientos negativos.

Eso sería imposible.

Vamos a preocuparnos.

Vamos a tener miedo.

Vamos a pensar demasiado algunas noches.

Vamos a imaginar escenarios que probablemente nunca ocurrirán.

Somos humanos.

La diferencia está en aprender a decir:

“Este pensamiento está aquí, pero no tiene que dirigir mi día.”

Y quizá esto también tenga algo que ver con otra conversación que tuvimos en este blog sobre el amor y sobre todas esas cosas que alguna vez pensamos que serían absolutas.

En ¿Existen los absolutos? hablaba de cómo la vida puede sorprendernos y cómo nosotras también podemos cambiar.

Hoy lo veo desde otro lugar:

No todos nuestros pensamientos merecen convertirse en verdades permanentes.

Nuestro cerebro tiene tendencias, pero no está escrito en piedra.

Podemos aprender.

Podemos cambiar hábitos.

Podemos cuestionar lo que pensamos.

Podemos construir una voz interior un poquito más amable.

Y quizá la próxima vez que nuestra mente quiera convencernos de que todo está perdido, podamos hacer una pausa y preguntarnos:

¿Esto es realmente lo que está pasando… o es simplemente lo que mi cerebro está imaginando?

A veces, esa pequeña pausa es suficiente para recuperar el volante. 🤍



Si este post resonó contigo… 🌿


Quizá también quieras seguir leyendo:

📱 [El abismo en nuestro pulgar]
Sobre cómo el scroll infinito puede quedarse con nuestra atención sin que nos demos cuenta.

❤️ [Las mujeres que aman demasiado]
Una reflexión sobre cómo podemos perdernos de nosotras mismas cuando ponemos demasiada energía en otra persona.

🌱 [¿Existen los absolutos?]
Sobre cómo cambiamos, cómo cambian nuestras certezas y cómo la vida puede convertirnos en alguien que jamás imaginamos ser.

Porque, al final, quizá todos estos temas tienen algo en común:

aprender a volver a nosotras mismas.

Y ahora te pregunto a ti…


¿Cuál de estos cinco hacks probarías primero?

Yo creo que empezaré por aprender a decirle a mi cerebro:

“Sí, sí… te escucho. Pero hablamos de esto a las 6.” 😂

Porque aparentemente, hasta mis preocupaciones necesitan cita previa.

 




Mi calificación


⭐⭐⭐⭐☆ 4/5

Si ya viste todas las películas de Studio Ghibli y quieres profundizar en de dónde obtuvo Miyazaki las ideas y cómo creó esos pequeños mundos que tanto nos fascinan, este libro es para ti.

 

¿Qué verás en el libro?


Hay películas que uno mira y simplemente disfruta. Y después están las películas de Hayao Miyazaki, esas que terminan y te dejan con la sensación de que acabas de visitar un lugar que no sabías que existía.

Eso es lo que siempre me ha pasado con las películas de Studio Ghibli. Hay algo en ellas que no sé explicar del todo:
  • los paisajes,
  • los personajes,
  • la comida,
  • los silencios,
  • los pequeños detalles…

Todo parece tener vida propia.

Por eso, cuando leí El mundo invisible de Hayao Miyazaki, de Laura Montero Plata, sentí que estaba haciendo algo que me encanta: volver a mirar películas que ya conozco, pero esta vez con otros ojos.

Y creo que esa es precisamente una de las cosas más bonitas que me dejó este libro.

Miyazaki nunca creó “solo” personajes femeninos




Una de las cosas que más me llamó la atención fue volver a pensar en sus protagonistas femeninas.

Chihiro, Nausicaä, Sophie, Kiki, San… son personajes muy diferentes entre sí, pero tienen algo en común: no necesitan que un hombre venga a salvarlas para que su historia tenga sentido.

Y ahora que lo pienso, eso es bastante revolucionario.

Sus historias no giran alrededor de encontrar al príncipe azul. Giran alrededor de crecer, equivocarse, descubrir quiénes son, tomar decisiones y aprender a enfrentarse al mundo.

Chihiro, por ejemplo, empieza siendo una niña asustada que no quiere abandonar a sus padres y termina convirtiéndose en alguien capaz de enfrentarse a un mundo completamente desconocido.

Y quizás por eso estas protagonistas se sienten tan reales. No son perfectas. Tienen miedo. Se equivocan. Lloran. Pero siguen adelante.

Detrás de la magia hay muchísimo trabajo


Creo que esta fue una de las cosas que más me sorprendió del libro.

Uno puede mirar una película de Miyazaki y pensar que toda esa magia simplemente nació de una imaginación extraordinaria. Pero detrás de ella existe investigación, referencias culturales, literatura, historia y una enorme cantidad de trabajo.

Laura Montero Plata dedicó años a estudiar la obra de Miyazaki y hasta aprendió japonés para poder acceder directamente a fuentes originales.

Y después de saber eso, resulta difícil volver a mirar una película de Ghibli de la misma manera.

Porque empiezas a preguntarte:
  • ¿De dónde salió este personaje?
  • ¿Por qué este escenario es así?
  • ¿Por qué esta historia se cuenta de esta manera?
  • ¿Qué significa ese espíritu?
  • ¿Qué hay detrás de esa escena que parecía simplemente bonita?

Y ahí entendí algo: la magia de Miyazaki no está solamente en lo que vemos, sino también en todo lo que no vemos.

Una mezcla extraña que funciona perfectamente


Otra de las cosas que me encantó descubrir fue la cantidad de influencias que existen detrás de sus películas.

Hay mitología japonesa, folclore, literatura occidental, aviación, tecnología, historia…

Es una mezcla que, en teoría, podría resultar completamente caótica.

Pero en las películas de Miyazaki todo parece encajar.

Quizás esa sea una de las razones por las que sus historias pueden sentirse tan japonesas y, al mismo tiempo, tan universales.

Puedes no conocer el Teatro Noh, la mitología japonesa o todas las referencias culturales que aparecen en sus películas y, aun así, sentir algo cuando ves El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke.

Y eso me parece maravilloso.

Y entonces está la comida…


Tengo que admitirlo: esta parte me encantó. Y yo amo comer. 😂

Porque si hay algo que caracteriza a las películas de Studio Ghibli es que la comida se ve absurdamente deliciosa.

Pero el libro me hizo pensar que la comida no está ahí simplemente para hacernos querer comer.

Cocinar, compartir una comida, preparar algo para otra persona… son formas de demostrar cariño, de crear hogar, de cuidar.

Y creo que eso explica por qué esas escenas se sienten tan especiales.

No necesitamos que un personaje diga “te quiero” para entender que quiere a alguien.

A veces basta con verlo preparar una comida.

Y quizá esa es una de las grandes habilidades de Miyazaki: conseguir que algo tan cotidiano como cocinar, caminar bajo la lluvia o sentarse a comer pueda convertirse en un momento memorable.

Después de leerlo, quiero volver a ver todas las películas


Creo que esa es la mejor forma de saber si un libro sobre cine realmente consiguió algo:

que después de cerrarlo quieras volver a ver las películas.

Y eso fue exactamente lo que me pasó.

El mundo invisible de Hayao Miyazaki no hizo que las películas que amo fueran diferentes. Hizo algo mejor: me enseñó a mirar aquello que antes no sabía que estaba ahí.

Ahora sé que detrás de una heroína hay una reflexión sobre la independencia y el crecimiento.

Detrás de un paisaje puede existir una referencia cultural.

Detrás de un plato de comida puede haber una forma de hablar sobre el cuidado.

Y detrás de una historia aparentemente sencilla puede existir una cantidad enorme de investigación y pensamiento.

Tal vez por eso las películas de Miyazaki envejecen tan bien.

Porque cuando somos niños podemos verlas y maravillarnos.

Cuando crecemos podemos entenderlas de otra manera.

Y cuando volvemos a ellas después de muchos años, descubrimos algo nuevo.

Para terminar…


No creo que este sea un libro solamente para quienes son fanáticos de Studio Ghibli.

Creo que es para cualquiera que alguna vez haya terminado una película de Miyazaki y se haya quedado pensando: “¿Por qué esta película me hizo sentir tantas cosas?”

Porque quizá ahí está el verdadero mundo invisible del que habla el libro.

No es solamente todo aquello que Miyazaki escondió dentro de sus historias.

También es todo aquello que nosotros descubrimos cuando estamos preparados para mirar un poquito más allá.

Y ahora tengo una necesidad bastante urgente:

volver a ver El viaje de Chihiro.

Esta vez, prestando atención a todo lo que antes no sabía que estaba mirando. 💚

¿Y tú? ¿Qué película de Studio Ghibli volverías a ver con otros ojos después de conocer todo lo que existe detrás del universo de Miyazaki?


Hace unas dos semanas llevamos a nuestro Gustavo a la playa. Tenía nueve meses y, aunque obviamente habíamos pensado en llevar todo lo necesario, una cosa es imaginarte cómo será viajar con un bebé y otra muy distinta es estar ahí, con la arena hasta en los lugares más inesperados, intentando mantener sus horarios y descubriendo que hay cosas que simplemente no habías previsto. 😂

Así que después de nuestra pequeña aventura playera, hoy quiero compartirte cinco cosas que deberías tomar en cuenta si estás pensando viajar a la playa con tu bebé.

Porque sí, viajar con un bebé puede ser maravilloso… pero también puede convertirse rápidamente en una expedición de supervivencia si no vas preparada. 

1. Si tu bebé tiene menos de seis meses, piénsalo dos veces 🌞


Esta es probablemente la primera recomendación que tendría en cuenta.

Los bebés menores de seis meses son especialmente sensibles al calor y a la exposición directa al sol. El documento que revisé recomienda evitar la exposición solar directa, especialmente durante las horas de mayor riesgo, y priorizar siempre la sombra, la ropa ligera y un gorrito que proteja su carita y cuello.

Por eso, si tu bebé todavía es muy pequeño, yo personalmente preferiría esperar para llevarlo a disfrutar de la playa o, si el viaje es inevitable, extremar muchísimo las medidas de protección.

Con Gustavo esperamos hasta los nueve meses y aun así estuvimos muy pendientes de que no estuviera expuesto directamente al sol durante demasiado tiempo.

Y algo MUY importante: no cubras completamente el cochecito con una manta o una muselina para protegerlo del sol. Aunque parezca una buena idea, puede atrapar el calor en el interior y aumentar peligrosamente la temperatura. Es mucho mejor utilizar la capota, una sombrilla o un parasol que permita una buena circulación de aire.

 

2. Lleva comida que aguante el calor 🥭🍌


Este consejo nació directamente de nuestra experiencia.

Si tu bebé ya come alimentos sólidos, prepara con anticipación algunas frutas y alimentos que puedan conservarse bien durante el viaje y evita llevar cosas demasiado delicadas que puedan dañarse fácilmente con el calor.

Nosotros cometimos el pequeño error de llevar algunos duraznos pensando que sería práctico… y bueno, se nos dañaron en la costa. 

Así que aprendí la lección: para la playa, mientras más sencilla y resistente sea la comida, mejor.

Y si llevas alimentos que necesitan refrigeración, asegúrate de contar con una forma adecuada de mantenerlos fríos. La playa no perdona.

3. Juguetes para la arena: sí o sí 🪣🏖️


Aunque nuestros bebés todavía sean pequeños y probablemente pasen buena parte del tiempo gateando, mirando todo a su alrededor y tratando de llevarse la arena a la boca —porque, aparentemente, la arena también es comida según ellos 😂—, unos cuantos juguetes pueden hacer toda la diferencia.

Lleva baldecitos, palitas, moldes y juguetes de plástico adecuados para su edad.

Además de entretenerlo, la playa puede convertirse en un espacio increíble de exploración sensorial. La arena, el agua y las diferentes texturas ofrecen estímulos que ayudan al desarrollo motor y cognitivo, siempre con supervisión.

Eso sí: prepárate para recoger juguetes llenos de arena durante todo el día. Es parte del paquete. 

Mi pequeño truco para la arena


Y aquí viene uno de esos trucos que descubrí siendo mamá: la maicena.

Cuando el bebé está lleno de arena y llega el momento de cambiarlo, puede ser desesperante intentar quitarla porque se queda pegada en todas partes.

A mí me funcionó utilizar un poquito de maicena para ayudar a desprender la arena de la piel antes de limpiarlo.

Eso sí, como cualquier polvo cerca de un bebé, hay que evitar que lo inhale y tener especial cuidado de no aplicarlo cerca de la cara. Y si hay irritación en la zona del pañal, lo más prudente es limpiar con agua dulce y utilizar una crema protectora adecuada. El documento, de hecho, desaconseja el uso de talco en bebés por el riesgo de inhalación.




 

4. Ropa cómoda y un buen traje de baño 👒🩱


Para mí esto es indispensable.

Lleva ropa fresca, cómoda, ligera y de preferencia que cubra buena parte de su piel.

Y algo que recomiendo muchísimo es comprarles un traje de baño tipo camiseta, de esos que cubren brazos y torso. Me parece mucho más práctico para proteger su piel mientras están disfrutando de la playa.

También lleva un gorrito que cubra bien la cabeza, la cara y, si es posible, el cuello.

La idea es que el bebé esté fresco, cómodo y protegido, no convertido en un pequeño tamal playero.

Y recuerda: la ropa es una ayuda, pero la sombra sigue siendo fundamental.

5. No llenes el cochecito de colchas para que duerma 😴☀️


Este fue uno de los consejos del documento que más me llamó la atención porque es de esas cosas que hacemos con la mejor intención.

Uno piensa: “Está haciendo calor, pero si le pongo una mantita encima estará protegido del sol”.

El problema es que una tela cubriendo el cochecito puede impedir la circulación del aire y hacer que la temperatura aumente rápidamente en su interior.

Así que, si tu bebé se queda dormido en el cochecito, no lo cubras completamente con mantas o colchas.

Busca una zona con sombra, mantén una buena ventilación y utiliza la capota o accesorios diseñados específicamente para proporcionar sombra sin bloquear el aire.

Y si van a dormir fuera de casa, también ayuda llevar algún objeto que le resulte familiar, como su saco de dormir habitual o algo que forme parte de su rutina de sueño. Los objetos conocidos pueden ayudar a que el bebé se adapte mejor a un ambiente nuevo.

Bonus de mamá: arma un pequeño kit de emergencia 🩹🧴


Este no estaba originalmente entre mis cinco tips, pero después de viajar con Gustavo creo que merece una mención especial.

Lleva un pequeño botiquín para el bebé.

No necesitas llevar media farmacia, pero sí tener a mano lo que tu pediatra haya indicado para tu bebé, además de los productos básicos que normalmente utilizas.

Si tu bebé toma algún medicamento de manera habitual, el documento recomienda llevarlo en su envase original, con la información visible y suficiente cantidad por si surge algún retraso o imprevisto durante el viaje.

Y, sobre todo, antes de viajar, pregunta a su pediatra qué deberías incluir en el botiquín según su edad y sus necesidades.

A nosotros en el viaje le paso un accidente a mi esposo y tuvimos que ir a la clínica, así que nunca esta de mas estar prevenido.


Al final, la playa con un bebé no tiene que ser perfecta 🌊🤍



Creo que eso fue lo que más aprendí con nuestro viaje.

Cuando viajas sola, probablemente piensas en qué ropa llevar, qué vas a comer, dónde vas a dormir y listo.

Cuando viajas con un bebé, llevas prácticamente la casa completa en una maleta. 😂

Pero tampoco se trata de intentar controlar absolutamente todo.

Se trata de ir preparada, protegerlo del sol y del calor, llevar lo esencial y aceptar que probablemente algo se te va a olvidar, algo se va a derramar y tu bebé va a terminar comiéndose un poquito de arena aunque hayas hecho todo lo posible para evitarlo. 

Las vacaciones con un bebé no tienen que seguir una rutina militar. También son una oportunidad para descubrir el mundo juntos, siempre priorizando su seguridad y bienestar.

Y después de nuestra primera aventura playera con Gustavo, puedo decir que sí: viajar con un bebé es otra historia… pero también es una historia que vale muchísimo la pena vivir. 🥰🌊

¿Y tú? ¿Cuál ha sido ese tip de mamá que descubriste después de viajar con tu bebé y que ahora consideras indispensable?





 


Quizá porque los absolutos son fáciles cuando hablamos de la vida de los demás.

Es sencillo mirar una situación desde afuera y decir qué debería hacer alguien.

Lo difícil es estar dentro de ella.

Sentirla.

Vivirla.

Tomar decisiones con miedo, amor, rabia, esperanza, tristeza y mil pensamientos chocando al mismo tiempo.

Por eso hoy intento tener más cuidado cuando digo “yo jamás…”.

No porque crea que todo esté permitido.

Hay cosas que siguen siendo límites para mí.

Valores que quiero conservar.

Comportamientos que no quiero normalizar.

Pero entendí que tener límites no significa creer que tenemos todas las respuestas.

Quizá crecer también es aceptar que podemos cambiar de opinión.

Y que cambiar de opinión no nos hace débiles, incoherentes o ingenuos.

A veces solo significa que vivimos algo que antes no conocíamos.

La Sue de hace unos años no tenía las experiencias que tiene la de ahora.

No conocía ciertas heridas.

No conocía ciertas formas de amar.

No sabía lo que era ser mamá.

No sabía cómo reaccionaría ante determinadas situaciones.

Y tampoco sabía que algún día miraría atrás y pensaría:

“Mira tú… resulta que no sabía nada.” 😂

Quizá los absolutos existen, pero son mucho menos de los que creemos.

Porque la vida tiene una forma muy particular de recordarnos que nunca terminamos de conocernos.

Y tal vez eso no sea algo malo.

Tal vez sea una de las cosas más bonitas de estar vivos.

Saber que todavía podemos sorprendernos.

Que podemos cambiar.

Que podemos aprender.

Que podemos equivocarnos.

Que podemos perdonar.

Que podemos poner límites.

Que podemos volver a empezar.

Y que esa persona que jurábamos ser para siempre… quizá solo era una versión de nosotros que aún no había vivido lo suficiente.

Pero hay un pensamiento que siempre me ha inquietado cuando hablamos de “absolutos”.

Porque si lo pienso bien… hay uno que parece escaparse de todo esto.

La muerte.

Ese momento que, al menos en teoría, todos compartimos.

Ese final que no depende de nuestras decisiones, ni de nuestros cambios de opinión, ni de nuestras segundas oportunidades.

Y entonces me pregunto: ¿será ese el único verdadero absoluto?

¿O incluso ahí, en lo inevitable, también hay matices que no alcanzamos a comprender?

Quizá no lo sabemos.

Quizá no lo podemos saber.

Y tal vez esa sea justamente la respuesta.

Que hay cosas que no están hechas para ser entendidas del todo.

Solo para recordarnos lo pequeños que somos frente a la vida… y lo mucho que intentamos controlarla con palabras como “nunca” o “siempre”.

Así que hoy, cuando alguien me pregunta qué haría en determinada situación, intento no responder tan rápido.

Porque después de todo lo que he vivido, aprendí algo:

Nunca digas nunca.

La vida tiene un extraño sentido del humor.

Y, créanme, a veces le encanta demostrarnos que estábamos equivocados.

¿Y tú, en qué cosas has cambiado de opinión con el tiempo?

 




Hay lugares a los que nadie puede acompañarte.

No importa cuánto te amen, cuántas personas tengas a tu alrededor o cuántos consejos recibas. Hay caminos que únicamente tú puedes recorrer. Uno de ellos es el de cuidar de ti.

Este fin de semana lo entendí mientras hacía algo tan sencillo como caminar.

Pasamos unos días muy bonitos en familia. Fuimos a una granjita con mi hermana, su familia, mi esposo y mi pequeño Gus. Ver a Gustavo descubrir a los animalitos con esos ojos llenos de curiosidad fue uno de esos momentos que quisiera guardar para siempre.


 
Al día siguiente decidimos salir a caminar por el barrio. También llevamos a Copo e Isco, quienes hace tiempo no disfrutaban de un paseo. Fue una caminata tranquila, sin prisas, sin un destino importante, simplemente caminando juntos.

Y, aunque parezca extraño, esa caminata me hizo pensar mucho.

Desde que quedé embarazada dejé el ejercicio. Entre el embarazo, el posparto y la rutina de convertirme en mamá, mi cuerpo cambió muchísimo. Hoy ya no tengo la misma resistencia de antes y, siendo completamente honesta, la caminata me costó más de lo que esperaba.

Por un momento pensé en todo lo que me falta para volver a sentirme fuerte.

Pero después entendí algo.

Tal vez no necesito volver a ser la persona que hacía ejercicio antes.

Tal vez solo necesito empezar a moverme otra vez.

Hace unos días leí un artículo que hablaba justamente sobre esto. La ciencia ha demostrado que caminar, una actividad que muchas veces subestimamos, puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para cuidar nuestra salud.

 

Lo interesante es que el mayor beneficio no ocurre en quienes ya hacen mucho ejercicio, sino en quienes pasan de no moverse casi nada a caminar un poco más cada día. Incluso aumentar unos pocos minutos diarios ya representa una diferencia importante para nuestro cuerpo.

Y eso me dio mucha tranquilidad.

Vivimos en una cultura donde parece que todo debe ser extremo: 
  • Entrenamientos intensos, 
  • retos de treinta días, 
  • gimnasios, 
  • metas enormes. 
Si no puedes hacerlo todo, sientes que no vale la pena hacer nada.

Pero nuestro cuerpo no piensa así.


Cada paso cuenta.


La Organización Mundial de la Salud incluso reconoce que no hace falta dedicar una hora completa al ejercicio para obtener beneficios. Esos pequeños momentos de movimiento durante el día también suman y ayudan a construir una mejor salud.

 
Mientras caminaba por el barrio me di cuenta de que no solo estaba haciendo ejercicio.

  • Estaba conociendo el lugar donde vivo.
  • Estaba respirando aire fresco.
  • Estaba viendo a mis perros disfrutar.
  • Estaba compartiendo tiempo con mi hijo.
  • Estaba regalándome un momento lejos de las pantallas.

Y quizás eso también sea salud.

Hay otro dato que me impresionó muchísimo: algunos estudios sugieren que incorporar alrededor de treinta minutos de caminata diaria podría aumentar la esperanza de vida en varios años. Pero, más que vivir más tiempo, lo que realmente importa es vivir mejor. Llegar a la vejez con mayor autonomía, con un cuerpo que todavía pueda acompañarnos en las cosas sencillas de la vida.

Porque, al final, ¿de qué sirve vivir muchos años si no podemos disfrutarlos?

No sé si algún día volveré a tener el estado físico que tenía antes de convertirme en mamá.

Quizás sí.

Quizás no.

Pero hoy ya no quiero medir mi progreso comparándome con la mujer que era hace unos años.

Prefiero compararme con la mujer que fui ayer.

Si hoy camino diez minutos más que la semana pasada, ya es un avance.

Si hoy elijo salir con Gustavo en lugar de quedarme sentada todo el día, ya gané.

Y si esos pequeños pasos también le enseñan a mi hijo que cuidar de uno mismo es importante, entonces el regalo será mucho más grande que cualquier número en una balanza.

Tal vez por eso el verdadero secreto no sea correr más rápido.

Tal vez el secreto sea simplemente decidir caminar un poco más.

Porque hay un camino hacia una vida más saludable al que nadie puede llevarnos de la mano.

Ese camino... es uno que solo nosotros podemos recorrer.

Y todo comienza con un solo paso.


 
Mi conclusión


A veces creemos que cambiar nuestra vida requiere decisiones enormes, cuando en realidad las transformaciones más importantes comienzan con acciones casi imperceptibles.

Caminar no resolverá todos nuestros problemas, pero puede regalarnos algo que muchas veces olvidamos en medio del caos diario: tiempo para respirar, para pensar, para reconectar con nuestro cuerpo y con quienes amamos.

Después de este fin de semana entendí que no necesito esperar a sentirme en mi mejor versión para empezar a cuidarme. No necesito recuperar de golpe la condición física que tenía antes de ser mamá. Solo necesito dar un paso más que ayer.

Quizás ese sea el verdadero secreto: dejar de buscar la perfección y empezar a construir hábitos que podamos sostener con amor y constancia.

Porque al final, cada paseo con Gustavo, cada ladrido feliz de Copo e Isco y cada minuto que decido regalarle a mi salud son pequeños recordatorios de que también merezco cuidar de mí.

Y si una simple caminata puede sumar años a nuestra vida, pero sobre todo vida a nuestros años, entonces vale la pena salir a dar ese primer paso.

💬 Me gustaría leerte

Ahora quiero hacerte algunas preguntas. Me encanta leer las experiencias de quienes pasan por aquí y saber cómo viven estas pequeñas reflexiones.
¿Cuándo fue la última vez que saliste a caminar sin mirar el reloj?
¿Hay algún lugar cerca de tu casa que aún no conoces porque nunca te has dado el tiempo de recorrerlo a pie?

✨ Cuéntamelo en los comentarios. Me encantará leer tu historia y seguir caminando, aunque sea a través de las palabras, junto a ti.



The Drama (2026) y el miedo de descubrir quién duerme a nuestro lado





Hay películas que entretienen.

Hay otras que emocionan.

Y luego están esas que, cuando aparecen los créditos, no sabes muy bien qué sentir porque, en realidad, la película nunca terminó. Se quedó contigo.

Eso me pasó con The Drama, la nueva película de Kristoffer Borgli protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson.

Entré esperando una historia romántica con ese aire independiente que tanto caracteriza a A24. Salí cuestionándome algo mucho más incómodo:

¿Es posible conocer realmente a la persona que amamos?


Cuando el amor también es una actuación


Todo comienza como si estuviéramos viendo una clásica comedia romántica.

Una cafetería.

Dos desconocidos.

Una conversación que parece casual.

Charlie fotografía el libro que está leyendo Emma para fingir que también lo conoce y así iniciar una conversación.

Parece una pequeña mentira inocente.

Pero Borgli deja claro desde ese momento que toda relación comienza con una versión cuidadosamente editada de nosotros mismos.

Todos mostramos nuestra mejor cara al principio.

La más interesante.

La más divertida.

La más segura.

La pregunta es qué ocurre cuando esa máscara empieza a romperse.


La confesión que destruye todo


Existe una escena que sostiene el peso de toda la película.

Durante una cena entre amigos surge un juego aparentemente inofensivo: contar el peor acto que cada uno ha cometido.

Entonces Emma habla.

Y lo que revela cambia por completo la forma en que Charlie —y también nosotros como espectadores— la vemos.

No porque descubramos que es una persona distinta.

Sino porque entendemos que nunca la conocimos realmente.

Lo fascinante es que la película nunca intenta justificarla.

Tampoco intenta convertir a Charlie en la víctima perfecta.

Mientras él intenta procesar lo que acaba de escuchar, también toma decisiones egoístas y moralmente cuestionables.

Aquí nadie es completamente bueno.

Pero tampoco completamente malo.

Y quizás esa sea la parte más aterradora.


¿Amamos a la persona... o a la idea que construimos?


Mientras veía la película no podía dejar de pensar en algo.

Muchas veces creemos enamorarnos de alguien.

Pero en realidad nos enamoramos de la historia que hemos construido sobre esa persona.

De lo que imaginamos que es.

De lo que esperamos que sea.

Cuando esa imagen se rompe, no solo cambia la relación.

También cambia nuestra propia identidad.

Porque parte de quienes somos está construida alrededor de cómo vemos al otro.


Las máscaras que todos usamos


Hay un concepto en psicología llamado la máscara o persona, desarrollado por Carl Jung.

No se trata de fingir.

Se trata de la versión de nosotros que mostramos para poder convivir con el mundo.

Todos la tenemos.

En el trabajo.

Con amigos.

En redes sociales.

Incluso con nuestra pareja.

The Drama convierte esa idea en el corazón de su historia.

Charlie y Emma parecen enamorados.

Pero poco a poco descubrimos que ambos se enamoraron de una versión cuidadosamente construida del otro.

Y quizás eso no sea tan diferente de la vida real.


El silencio también habla




Uno de los detalles que más me gustó fue la pérdida parcial de audición de Emma.

No funciona únicamente como una característica del personaje.

Es una metáfora.

Mientras Charlie intenta desesperadamente comprender quién es realmente la mujer con la que comparte su vida, Emma parece vivir en un espacio donde nadie consigue escuchar aquello que realmente sucede dentro de ella.

La comunicación existe.

Pero la comprensión nunca termina de llegar.

Y creo que pocas películas representan tan bien esa sensación.


Un final que no ofrece respuestas


No voy a contar exactamente cómo termina.

Solo diré que la película toma una decisión muy valiente.

No busca reconciliar.

No busca explicar.

Ni siquiera pretende cerrar todas las heridas.

Más bien nos deja frente a una idea incómoda:

Quizá algunas relaciones sobreviven no porque conozcamos completamente al otro...

sino porque elegimos no hacerlo.


Mi reflexión



The Drama no es una película sobre un secreto.

Es una película sobre el miedo.

El miedo de descubrir quién es realmente la persona que duerme a nuestro lado.

Pero, siendo sincera...

también es el miedo de que algún día alguien descubra quiénes somos nosotros cuando nadie está mirando.

Y esa fue la pregunta que me llevé al ver la película.

No si Charlie y Emma seguirán juntos.

Sino si el amor consiste en conocer absolutamente a alguien...

o en decidir quedarse incluso cuando descubrimos que nunca terminaremos de hacerlo.

Ahora te hago una pregunta: ¿Es el amor lo que nos mantiene unidos, o simplemente el terror a que el otro descubra quiénes somos realmente cuando nadie nos mira?











Querida Sueanny:


No sé si alguna vez alguien te escribió una carta para pedirte perdón.

Quizá por eso hoy quiero hacerlo yo.

Porque hay palabras que llevo demasiado tiempo debiéndote.

Antes que nada, quiero darte las gracias.

Gracias por seguir aquí.

Sé que no ha sido un camino sencillo. Sé que hubo días en los que sonreías mientras por dentro intentabas recoger los pedazos de un corazón cansado. Días en los que dudabas de ti, de tus decisiones y hasta de tu propio valor. Días en los que pensabas que, si hacías un esfuerzo más, si amabas un poco más o si dabas un poco más de ti, finalmente serías suficiente para alguien.

Y, aun así, nunca dejaste de seguir adelante.

Pero hoy no quiero hablar de tu fortaleza.

Hoy quiero pedirte perdón.

Perdón por todas las veces que te hice creer que no eras suficiente.

Perdón por exigirte tanto cuando apenas estabas aprendiendo. Por compararte con personas que iban por caminos completamente distintos al tuyo. Por hacerte sentir pequeña cada vez que algo no salía perfecto.

Olvidé que nadie nace sabiendo.

Olvidé que equivocarse también es una forma de crecer.

Perdón por todas las veces que te miraste al espejo buscando defectos.

Qué injusta fui contigo.

Ese cuerpo al que tantas veces criticaste fue el mismo que sostuvo tus peores días. El mismo que soportó el cansancio, el miedo, las lágrimas y, sobre todo, el milagro más grande que has vivido: traer a Gustavo al mundo.

Mientras tú solo veías estrías, kilos de más o aquello que querías cambiar, él seguía trabajando todos los días para mantenerte viva.

Quizá no sea el cuerpo que imaginabas tener, pero ha sido el hogar que nunca te abandonó.

Prometo que, a partir de hoy, voy a intentar mirarte con más ternura y menos exigencia.

Pero también quiero pedirte perdón por algo que durante mucho tiempo no supe ver.


Perdón por todas las veces que te hiciste pequeña para caber en la vida de alguien más.

Perdón por creer que, si cambiabas un poco más, si callabas un poco más o si soportabas un poco más, finalmente serías suficiente para esa persona.

Hoy puedo mirar esa historia con otros ojos.

Ya no siento rabia.

Tampoco necesito señalar culpables.

Solo entiendo que estaba intentando recibir amor de alguien que no sabía cómo ofrecerlo.

Y mientras intentaba encajar en un lugar donde nunca pertenecí, fui dejando partes de mí en el camino.

Dejé de decir lo que pensaba.

Dejé de defender lo que necesitaba.

Dejé de ocupar el espacio que merecía.

Me convencí de que amar significaba sacrificarme.

Que querer era aguantar.

Que, si soportaba un poco más, algún día todo cambiaría.

Y qué equivocada estaba.

Hoy entiendo que el amor nunca debería pedirte que renuncies a quien eres para poder conservarlo.

Perdón por haberte hecho creer que desaparecer un poco era la única forma de que alguien se quedara.

Porque quien realmente te ama nunca necesita que seas menos para sentirse más.

Perdón por todas las veces que entregaste tu corazón completo a personas que apenas sostenían una pequeña parte del suyo.

Sé cuánto te esforzabas.

Pensabas que, si eras más paciente, más amable o más comprensiva, finalmente alguien elegiría quedarse.

Pero el amor nunca debió sentirse como un examen que había que aprobar.

Las personas correctas no necesitan que te rompas para demostrar cuánto las amas.

Perdón por las veces que callaste.

Por todas esas conversaciones que ensayaste una y otra vez en tu cabeza, pero nunca pronunciaste por miedo a incomodar a alguien.

Qué triste pensar que llegaste a creer que tus sentimientos eran una carga.

No lo eran.

Nunca lo fueron.

Tu voz siempre mereció ser escuchada.

Y, por favor, perdóname por haber dudado de ti cuando supiste que ibas a ser mamá.

Recuerdo ese miedo.

Recuerdo preguntarme si seríamos capaces.

Si estaríamos a la altura.

Si Gustavo algún día sentiría que tenía una buena madre.

Hoy, cada vez que él sonríe al verte, encuentro la respuesta.

No eres una mamá perfecta.

Pero eres exactamente la mamá que él necesita.

Y eso basta.

También quiero agradecerte por haber tenido el valor de volver a creer en el amor.

Porque después de las heridas es fácil levantar muros.

Es fácil pensar que todas las historias terminarán igual.

Pero la vida, a veces, también nos regala personas que deciden quedarse para construir y no para destruir.

Hoy mi relación también tiene cicatrices.

Hemos cometido errores.

Nos hemos herido.

Hemos llorado.

Y ha habido momentos en los que parecía más sencillo rendirse que continuar.

Pero hay una diferencia enorme con respecto al pasado.

Hoy camino junto a alguien que también ha decidido mirar hacia adentro.

Alguien que reconoce que aún tiene cosas por sanar, que entiende que el amor también requiere trabajo y que está dispuesto a crecer a mi lado.

Y yo también lo estoy.

Porque entendí que una relación no sobrevive porque dos personas nunca fallen.

Sobrevive cuando ambas tienen la humildad de reconocer sus errores, pedir perdón, aprender y volver a elegirse una y otra vez.

Ya no busco un amor perfecto.

Busco un amor donde los dos queramos construir.

Donde ambos estemos dispuestos a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Y creo que esa diferencia cambia absolutamente todo.

Sue...

No puedo cambiar el pasado.

No puedo borrar las lágrimas que derramaste ni las noches en las que sentiste que no eras suficiente.

Pero sí puedo prometerte algo.

La próxima vez que tropieces, no voy a insultarte.

Voy a darte la mano.

La próxima vez que te mires al espejo, intentaré buscar primero todo lo que hace hermoso a ese cuerpo que tanto ha luchado.

La próxima vez que alguien no sepa valorar tu corazón, no pensaré que eres tú quien tiene menos valor.

Y la próxima vez que olvides quién eres...

Voy a volver a escribirte.

Porque mereces escuchar de ti misma las palabras que tantas veces esperaste recibir de alguien más.

Con todo el amor que, por fin, estoy aprendiendo a darte,

Sue.









¿Y si hoy también te escribieras una carta?


A veces somos expertos en perdonar a los demás, pero olvidamos pedirnos perdón a nosotros mismos.

Quizá el amor propio no empieza con un gran cambio, sino con una simple frase:

"Lo siento por todo lo que te hice creer de ti."

Tal vez hoy sea un buen día para empezar esa conversación.
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