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Porque no podemos seguir estando disponibles para todo el mundo mientras nosotras mismas nos quedamos para después.

¿Y si esta vez simplemente decimos que no?


¿Te ha pasado que aceptas hacer algo que realmente no quieres, solamente porque no sabes cómo negarte? ¿Que dices que sí a un compromiso cuando lo único que deseas es quedarte en casa descansando? ¿O que terminas sintiéndote responsable del mal humor de alguien más porque decidiste no hacer lo que esperaba de ti?

A mí me parece curioso cómo podemos pasar tanto tiempo preocupándonos por no decepcionar a los demás, mientras nos decepcionamos constantemente a nosotras mismas.

Y es que, de alguna manera, hemos aprendido que ser buenas personas significa estar disponibles, ayudar siempre, comprenderlo todo, ceder un poquito más y, si es posible, no incomodar a nadie.

Pero ¿en qué momento confundimos ser buenas personas con olvidarnos de nuestras propias necesidades?

Creo que una de las lecciones más difíciles de aprender en la vida adulta es que no tenemos que estar disponibles para todo el mundo, todo el tiempo. Que podemos querer muchísimo a alguien y aun así no estar de acuerdo con sus decisiones. Que podemos ayudar sin cargar con responsabilidades que no nos corresponden y que, aunque a alguien no le guste nuestra respuesta, eso no significa que hayamos hecho algo malo.

Hoy quiero que hablemos de algo que parece sencillo, pero que puede cambiar muchísimo nuestras relaciones y, especialmente, la relación que tenemos con nosotras mismas: poner límites.

1. Sentir culpa no significa que estés haciendo algo malo

Esta es probablemente una de las primeras cosas que necesitamos entender.

A muchas nos cuesta decir que no porque tenemos miedo de decepcionar, generar un conflicto o perder el cariño de alguien. A veces, incluso desde pequeñas aprendemos que para recibir aprobación debemos ser complacientes, obedientes y estar dispuestas a satisfacer las expectativas de los demás.

Así crecemos pensando que decir NO puede convertirnos en malas amigas, malas hijas, malas parejas o malas personas.

Y cuando finalmente intentamos poner un límite, aparece esa vocecita incómoda que nos pregunta si no estamos exagerando, si no deberíamos hacer un esfuerzo más o si realmente tenemos derecho a negarnos.

Pero quiero que recuerdes algo: sentir culpa no significa necesariamente que hayas tomado una decisión incorrecta.

A veces, esa culpa simplemente aparece porque estamos haciendo algo diferente a lo que hemos acostumbrado a hacer durante años.

Estamos aprendiendo a dejar de complacer a todo el mundo a costa de nuestro bienestar.

Y sí, al principio puede sentirse extraño. Pero no todo lo que nos incomoda está mal; algunas veces, simplemente estamos aprendiendo.

2. No eres responsable de las emociones de los demás


Esta idea me parece especialmente importante.

¿Cuántas veces hemos cambiado una decisión porque alguien se molestó? ¿Cuántas veces hemos terminado disculpándonos por algo que realmente no hicimos mal, solamente porque la otra persona no supo recibir nuestra respuesta?

Hay algo que debemos comprender: podemos ser responsables de cómo comunicamos nuestras decisiones, pero no podemos controlar cómo los demás deciden reaccionar ante ellas.

Si digo que no puedo asistir a una reunión, la otra persona puede sentirse decepcionada. Si decido no prestar algo, alguien puede molestarse. Si expreso que una situación me incomoda, quizás no recibamos la respuesta que esperamos.

Y está bien. No necesariamente tenemos que solucionar cada emoción que provocamos en los demás.

Cada persona es responsable de gestionar sus propios sentimientos y comportamientos.

Esto tampoco significa que debamos ser indiferentes o actuar sin consideración. Podemos ser amables, respetuosas y empáticas sin convertirnos en responsables de la felicidad de todo el mundo.

Te propongo hacerte estas tres preguntas:

  • ¿Qué relaciones me generan más estrés o ansiedad actualmente?
  • ¿Estoy intentando controlar cómo se sienten o cómo reaccionan otras personas?
  • ¿Siento que debo hacer todo lo que los demás esperan para que me quieran o valoren?

A veces, responderlas con honestidad puede ayudarnos a identificar dónde necesitamos comenzar a poner límites.

3. Los límites no destruyen las relaciones, evitan que nos destruyamos dentro de ellas


Existe una idea bastante extendida de que poner límites significa alejar a las personas, generar conflictos o volvernos difíciles de tratar.

Pero pensemos un momento en esto: ¿qué sucede cuando siempre aceptamos algo que no queremos hacer? ¿Cuando guardamos silencio para evitar discusiones? ¿Cuando permitimos comportamientos que nos lastiman porque tenemos miedo de perder una relación?

Con el tiempo, todo eso puede convertirse en frustración, cansancio y resentimiento.

Y créeme, una relación en la que una persona siempre tiene que ceder difícilmente puede ser una relación equilibrada.

Los límites saludables no son muros para mantener a todo el mundo lejos. Son acuerdos que nos permiten relacionarnos desde el respeto.

Y podemos empezar por reconocer que existen diferentes tipos de límites:

  1. Límites emocionales: no asumir la responsabilidad de solucionar los problemas de todo el mundo, no permitir que otras personas nos hagan sentir responsables de sus reacciones y aprender a expresar lo que nos incomoda.
  2. Límites de tiempo: entender que nuestro descanso también es importante, que no tenemos que aceptar todos los compromisos y que nuestro tiempo merece ser respetado.
  3. Límites personales: reconocer qué comportamientos estamos dispuestas a aceptar y cuáles no. Nuestro espacio, nuestras decisiones y nuestra tranquilidad también importan.
  4. Límites digitales y laborales: no tenemos que responder inmediatamente cada mensaje, estar pendientes del teléfono durante todo el día o permitir que el trabajo ocupe cada espacio de nuestra vida.
Porque sí, también tenemos derecho a desconectarnos.

4. No necesitas escribir una tesis para justificar un NO


Aquí viene algo que seguramente muchas reconoceremos.

Cuando queremos negarnos a algo, parece que necesitamos preparar una explicación de cinco párrafos, presentar pruebas, justificar nuestra decisión y, de ser posible, pedir disculpas unas diez veces.

«Es que hoy no puedo porque tengo que hacer esto, después aquello, además estoy cansada y quizás mañana…».

¡Y al final terminamos aceptando! 

La sobrejustificación es una de esas costumbres que necesitamos desaprender.

No tenemos que inventar excusas para que nuestra negativa sea válida. Tampoco necesitamos convencer a todo el mundo de que nuestra decisión es correcta.

Podemos aprender a comunicarnos con asertividad: expresar lo que necesitamos de manera clara, respetuosa y sin agredir a los demás, pero tampoco pasando por encima de nosotras mismas.

Algunas frases que podemos comenzar a practicar son:

  • «En este momento no puedo».
  • «Gracias por pensar en mí, pero esta vez no me es posible».
  • «Prefiero no hacerlo»
  • «No me siento cómoda con esa situación».
  • «Necesito tiempo para pensarlo antes de darte una respuesta».
  • «Entiendo tu punto de vista, pero mi decisión sigue siendo la misma».

Y algo importante: no tenemos que responder inmediatamente.

Si una petición nos incomoda, podemos tomarnos un momento, respirar y pensar si realmente queremos o podemos comprometernos.

Nuestro primer impulso no tiene que ser siempre decir que sí.

5. Cada NO a los demás puede ser un SÍ a nosotras mismas


Esta es, sin duda, una de mis reflexiones favoritas de todo este tema.

Porque cuando aceptamos algo que supera nuestras posibilidades, no solamente estamos entregando nuestro tiempo. Muchas veces estamos renunciando a algo que también necesitábamos.

  • Decimos que sí a un compromiso y dejamos de descansar.
  • Decimos que sí a una responsabilidad adicional y dejamos de dedicar tiempo a nuestros proyectos.
  • Decimos que sí para evitar una discusión y terminamos sacrificando nuestra tranquilidad.
  • Decimos que sí a las expectativas de los demás y dejamos nuestras propias necesidades para después.

Y ¿sabes qué? Ese después puede tardar muchísimo en llegar si no aprendemos a darle un espacio.

No se trata de volvernos egoístas ni de dejar de ayudar, acompañar o querer a las personas que forman parte de nuestra vida.

Se trata de entender que nosotras también formamos parte de esa lista de personas a las que debemos cuidar.

Cada vez que decimos NO a algo que nos hace daño, podemos estar diciendo SÍ a nuestra tranquilidad, a nuestros proyectos, a nuestro descanso y a nuestra propia felicidad.


Y eso también es amor propio.



Un pequeño ejercicio para empezar a poner límites

No necesitamos cambiar todas nuestras relaciones de un día para otro. De hecho, creo que intentar hacerlo puede resultar abrumador.

Podemos comenzar con pequeños pasos.

Esta semana quiero proponerte algo:

1. Identifica una situación: piensa en algo que estás aceptando por compromiso, miedo o culpa, aunque realmente no quieras hacerlo.

2. Reconoce qué necesitas: ¿necesitas descansar?, ¿más tiempo?, ¿espacio?, ¿que alguien respete una decisión tuya?

3. Comunica tu límite: utiliza una frase sencilla, amable y directa. No necesitas dar explicaciones interminables.

4. Permítete sentir: quizás aparezca incomodidad, culpa o miedo. No te castigues por sentirlo. Recuerda que estás aprendiendo.

5. Mantén tu decisión: no conviertas cada límite en una negociación interminable. Escuchar a los demás es importante, pero también lo es escucharte a ti misma.

Y, sobre todo, ten paciencia contigo. Aprender a poner límites también es un proceso.

Para terminar: también merecemos estar en nuestra propia lista de prioridades

Si algo quisiera que nos lleváramos de esta lectura es que no tenemos que ganarnos el derecho a descansar, a decir que no o a tomar decisiones pensando en nuestro bienestar.

No necesitamos llegar al agotamiento para reconocer que tenemos límites.

No tenemos que esperar a sentirnos completamente desbordadas para empezar a cuidarnos.

Y tampoco tenemos que convertirnos en personas frías, distantes o indiferentes para aprender a defender nuestro espacio.

Podemos seguir siendo cariñosas, generosas, comprensivas y estar presentes para las personas que queremos. Pero también podemos decir hasta aquí.

Porque querer a los demás no debería significar dejar de querernos a nosotras mismas.

Quizás algunas personas no entiendan nuestros nuevos límites. Quizás otras se molesten o intenten hacernos sentir culpables. Y aunque no siempre será sencillo, debemos recordar que una relación sana también necesita espacio para nuestras necesidades, nuestras decisiones y nuestra individualidad.

Así que quiero dejarte una pregunta para reflexionar esta semana:

¿En qué parte de tu vida necesitas comenzar a decir NO para poder decirte SÍ a ti misma?

Tal vez sea en una relación, en el trabajo, con la familia, con las amistades o incluso contigo misma.

Sea cual sea tu respuesta, comienza poco a poco. No tienes que resolverlo todo hoy.

Y recuerda: poner límites no significa que quieras menos a los demás. Significa que finalmente estás aprendiendo a no quererte menos a ti.

Con amor,

Sua. 💚

Lee, descubre, sueña y crece.


💚 Si este tema resonó contigo, quizás también quieras leer…

A veces, aprender a poner límites es apenas el comienzo de un camino mucho más grande: aprender a reconocernos, cuidar nuestra tranquilidad y elegir mejor aquello y a quienes permitimos formar parte de nuestra vida.
Por eso, quiero recomendarte algunas lecturas que hemos compartido anteriormente en Flying to the Sky with Sua:

  • 1. 8 tipos de personas que debes evitar
Porque no todas las personas que llegan a nuestra vida necesariamente aportan algo bueno a ella. Una lectura para reflexionar sobre las relaciones que construimos, reconocer ciertas actitudes y recordar que alejarnos de lo que nos hace daño también puede ser una forma de amor propio.
  • 2. Pantallas y bebés: lo que realmente necesitamos saber antes de decir «mi hijo no verá pantallas»
Porque poner límites también es parte de la crianza. No solamente necesitamos aprender a establecerlos con los demás, sino también construirlos en casa, con amor, paciencia y coherencia.
  • 3. Hola, tú: una carta para mí
Una invitación a detenernos un momento, mirar nuestro recorrido y recordar que también merecemos comprensión, cariño y segundas oportunidades de nuestra propia parte.

Te invito a recorrer estas entradas, quizás encuentres en alguna de ellas una reflexión que necesitabas leer justo hoy.
Porque este espacio no se trata solamente de compartir palabras, sino de crecer juntas, aprender de nuestras experiencias y recordarnos que siempre podemos comenzar de nuevo.

















No todas las personas que llegan a nuestra vida merecen quedarse, y no todas las que queremos saben querernos bien.

Hay personas que llegan a nuestra vida para llenarla de alegría, de conversaciones interminables, de abrazos que reconfortan y de esa sensación tan bonita de poder ser nosotras mismas sin miedo a ser juzgadas.

Y luego están esas otras personas que, poquito a poquito, nos van apagando.

Las que convierten nuestras alegrías en competencias, nuestros límites en ofensas y nuestras lágrimas en una oportunidad para recordarnos todo lo que supuestamente hacemos mal.

Lo curioso es que no siempre las reconocemos a tiempo. A veces son personas a las que queremos muchísimo, con quienes hemos construido una historia o de quienes conocemos tantas heridas que terminamos justificando sus comportamientos.

Nos decimos que están pasando por una mala etapa, que en el fondo tienen buen corazón, que seguramente cambiarán o que, si tenemos un poquito más de paciencia, las cosas volverán a ser como antes.

Y así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a dejar de lado nuestras propias necesidades para mantener a otras personas cómodas.

En otras ocasiones, simplemente tenemos tanto miedo de perder a alguien que preferimos perder pequeños pedacitos de nosotras mismas antes que aceptar que una relación ya no nos hace bien.

Si has leído mis reflexiones sobre el amor propio, sabes que este es un tema al que vuelvo una y otra vez. Porque aprender a querernos no consiste solamente en dedicarnos frases bonitas, comprarnos flores o disfrutar de nuestra propia compañía. También significa aprender a reconocer aquello que nos lastima y dejar de convencernos de que debemos soportarlo.

Por eso, hoy quiero hablarte de ocho tipos de personas cuyos comportamientos necesitamos aprender a reconocer.

No para etiquetar a todo el mundo, ni para salir por la vida repartiendo certificados de toxicidad, sino para comprender que nuestras relaciones también necesitan límites.

Porque sí, podemos comprender las heridas de los demás sin convertirnos en el lugar donde descargan todo su dolor.

1. La persona egoísta: siempre hay espacio para ella, nunca para ti



¿Conoces a esa persona que puede pasarse horas contándote sus problemas, pero cuando tú necesitas hablar parece que se le acaba la batería emocional?

Sus preocupaciones son urgentes, sus necesidades son importantes y su tiempo es valioso. Pero cuando eres tú quien necesita apoyo, curiosamente siempre tiene algo más importante que hacer.

Te busca cuando necesita un favor, un consejo o alguien que la escuche. Sin embargo, cuando necesitas lo mismo, parece que estás pidiendo demasiado.

Por supuesto, todos tenemos momentos en los que no podemos dar tanto. Las relaciones no son una contabilidad exacta de favores, y no todos los días tenemos la misma energía.

El problema aparece cuando la relación funciona permanentemente en una sola dirección.

Tú comprendes, escuchas, ayudas y estás disponible. La otra persona recibe, pero rara vez se pregunta cómo estás tú.

Y entonces comienzas a creer que querer a alguien significa estar siempre disponible, incluso cuando estás agotada.

Pero ¿sabes qué? Tú también tienes necesidades. Tú también mereces que te pregunten cómo estás y que alguien se acuerde de ti sin necesitar nada a cambio.

Ser generosa no significa olvidarte de ti misma.

No tienes que dejar de dar amor; necesitas aprender a incluirte en ese amor.

2. La persona envidiosa: le cuesta celebrar tu felicidad




Hay personas que saben acompañarte cuando estás triste, pero parecen no saber qué hacer cuando las cosas comienzan a salirte bien.

Cuando atraviesas un momento difícil, aparecen con consejos. Pero cuando consigues algo que te ilusiona, minimizan tu logro, hacen una comparación o encuentran rápidamente una razón para decirte que tampoco es para tanto.

Les cuentas una buena noticia y terminan hablando de sus propios éxitos. Compartes un proyecto y recibes una lista de razones por las que probablemente no funcionará.

No toda crítica es envidia, por supuesto. Las personas que nos quieren también pueden señalar nuestros errores. La diferencia está en cómo lo hacen y si realmente buscan ayudarnos a crecer.

Una persona que te aprecia puede decirte una verdad incómoda sin intentar hacerte sentir pequeña.

La envidia, en cambio, convierte tu felicidad en una amenaza.

Y aquí quiero recordarte algo: no necesitas esconder tus logros, minimizar tus ilusiones ni pedir perdón por estar construyendo una vida que te gusta.

Tu felicidad no tiene que hacerse pequeñita para que otras personas se sientan cómodas.

Rodéate de personas que puedan celebrar tus avances sin convertirlos en una competencia. Y procura tú hacer lo mismo, porque aprender a celebrar a otras mujeres también forma parte de nuestro crecimiento.

3. La persona manipuladora: consigue que dudes hasta de ti misma


Esta es una de las dinámicas más agotadoras, porque no siempre aparece con gritos o amenazas. A veces llega disfrazada de preocupación, victimismo o incluso de amor.

La persona manipuladora puede utilizar la culpa para conseguir lo que quiere, cambiar la historia de una discusión o hacerse la víctima cada vez que le señalas un comportamiento que te ha hecho daño.

Le dices que algo te dolió y terminas consolándola porque se siente mal por lo que le has dicho.

Intentas establecer un límite y te acusa de ser egoísta.

Expresas una necesidad y la conversación acaba convirtiéndose en una lista de tus defectos.

Poco a poco, comienzas a revisar cada palabra que dices. Te preguntas si entendiste mal, si exageraste o si deberías haber hablado de otra manera.

Y terminas dedicando más energía a demostrar que tienes derecho a sentirte herida que a comprender por qué estás sufriendo.

Esto me hace pensar en cuántas veces justificamos a otras personas hasta convertirnos en nuestras propias abogadas defensoras de quienes nos hacen daño.

Pero no necesitas ganar un juicio imaginario para reconocer que algo no te hace bien.

Observa los hechos, no solamente las promesas.

Una disculpa sincera implica responsabilidad y un esfuerzo real por cambiar. No debería ser un botón de reinicio que permite repetir el mismo daño una y otra vez.

4. La persona maltratadora: confunde el amor con el poder



Aquí quiero ser muy clara, porque hay situaciones en las que no necesitamos más excusas, sino reconocer que nuestra seguridad importa.

El maltrato no es simplemente una diferencia de carácter, una mala racha o una discusión de pareja que se salió de control.

Puede manifestarse mediante insultos, humillaciones, amenazas, intimidación, control, aislamiento o violencia física y psicológica.

También puede aparecer cuando alguien intenta controlar tus decisiones, te hace sentir miedo o te responsabiliza de sus reacciones agresivas.

Y no, nadie tiene que golpearte para que una relación sea abusiva.

A veces nos quedamos porque recordamos cómo era esa persona al principio. Porque también existen momentos bonitos, porque hay una historia compartida o porque seguimos esperando que vuelva a ser quien creíamos que era.

Cuando hay hijos, responsabilidades económicas o una vida construida en común, tomar distancia puede resultar todavía más difícil.

Pero quiero que recuerdes algo: los momentos felices no borran el maltrato, y amar a alguien no te obliga a tolerar la violencia.

No te corresponde sanar a otra persona a costa de tu propia seguridad.

Si reconoces estas señales en tu relación, busca apoyo de personas de confianza y de profesionales especializados. Si existe peligro, prioriza tu seguridad y la de tus hijos, si los tienes. No necesitas confrontar a esa persona ni anunciar tus planes si hacerlo puede ponerte en riesgo.

El amor no debería darte miedo. Y tu seguridad no es negociable.

5. La persona intolerante: cree que ser diferente es estar equivocada




Esta persona tiene una opinión para todo y una curiosa dificultad para aceptar que el mundo no está obligado a funcionar según sus preferencias.

Puede juzgar cómo vistes, cómo educas a tus hijos, qué decisiones tomas, qué crees o qué camino eliges para vivir.

A veces lo hace abiertamente. Otras veces utiliza bromas, comentarios aparentemente inocentes o frases como «te lo digo por tu bien».

Pero detrás de esos comentarios puede esconderse una idea bastante sencilla: solo mereces respeto cuando piensas como yo.

Y qué agotador debe ser vivir creyendo que todas las personas tienen que pasar un examen para demostrar que merecen ser aceptadas.

No tenemos que estar de acuerdo en todo. Podemos debatir, cuestionar, aprender y cambiar de opinión. Lo que no necesitamos es humillar a alguien para demostrar que tenemos razón.

Esto también aplica a nosotras. A veces defendemos nuestras convicciones con tanta fuerza que olvidamos escuchar.

Por eso, más que buscar personas que piensen exactamente igual que tú, busca personas capaces de respetarte incluso cuando piensan diferente.

La diferencia no debería ser una amenaza, sino una oportunidad para aprender.

6. La persona autoritaria: confunde el respeto con la obediencia


Hay personas que no quieren construir acuerdos. Quieren dar órdenes.

Deciden qué debes hacer, cómo debes hacerlo y cuándo debes hacerlo. Si preguntas por qué, interpretan tus preguntas como un desafío. Si no estás de acuerdo, creen que les estás faltando al respeto.

Aquí aparece una confusión que nos ha acompañado durante generaciones: pensar que respetar a alguien significa obedecerle sin cuestionar nada.

Pero no es lo mismo.

Podemos respetar a nuestros padres sin renunciar a nuestras decisiones. Podemos amar a nuestra pareja sin entregarle el control de nuestra vida. Podemos reconocer la experiencia de alguien sin aceptar que tenga siempre la última palabra.

En una relación sana hay espacio para conversar, negociar y decir que no.

Y si alguien solo te trata bien cuando haces exactamente lo que quiere, quizá no está buscando respeto mutuo, sino control.

No necesitas convertirte en una persona sumisa para demostrar que eres buena.

Aprender a poner límites puede incomodar a quienes estaban acostumbrados a que nunca los pusieras. Eso no significa que estés haciendo algo malo.

Significa que también tienes derecho a decidir sobre tu propia vida.

7. La persona que carece de empatía: tu dolor siempre le parece exagerado



Hay una diferencia enorme entre alguien que no sabe cómo consolarte y alguien que constantemente desprecia lo que sientes.

La primera quizá no encuentre las palabras adecuadas, pero intenta escucharte.

La segunda minimiza tus problemas, se burla de tus emociones o te recuerda que hay personas que están peor.

Le cuentas algo que te dolió y responde que estás exagerando.

Explicas que estás agotada y te dice que no tienes motivos para estarlo.

Compartes una preocupación y termina hablando de sí misma.

Poco a poco, aprendes a callarte. No porque ya no tengas problemas, sino porque te cansas de tener que demostrar que tus sentimientos merecen ser tomados en serio.

No todas las personas expresan sus emociones de la misma manera, y una reacción torpe no convierte automáticamente a alguien en una mala persona. Lo importante es observar si existe disposición para escuchar, comprender y reparar el daño.

La empatía no significa estar de acuerdo con todo lo que siente otra persona. Significa reconocer que su experiencia importa, aunque sea diferente de la nuestra.

No tienes que convencer a todo el mundo de que tu dolor es real para darte permiso de cuidarte.

Y tampoco olvides ofrecer esa misma consideración cuando seas tú quien escucha. A veces, lo que alguien necesita no es que le resolvamos la vida, sino que no le hagamos sentir que está mal por tener emociones.

8. La persona emocionalmente caótica: nunca sabes qué versión encontrarás




Todos tenemos días malos. Nos frustramos, lloramos, nos enfadamos y, en ocasiones, reaccionamos de maneras que después necesitamos revisar.

Tener emociones intensas no convierte a nadie en una persona tóxica.

El problema aparece cuando una relación se organiza alrededor de las reacciones impredecibles de alguien: hoy todo está bien, mañana cualquier detalle provoca una tormenta y pasado mañana se espera que todos actúen como si nada hubiera ocurrido.

Terminas midiendo tus palabras, calculando el momento adecuado para hablar y observando el estado de ánimo de la otra persona antes de atreverte a expresar una necesidad.

Te conviertes en una experta en detectar cambios de tono, silencios y miradas. Casi como si tuvieras un servicio meteorológico emocional funcionando las veinticuatro horas del día.

Y mientras tanto, ¿quién se ocupa de cómo te sientes tú?

Es importante distinguir entre atravesar una etapa difícil y hacer que los demás vivan permanentemente bajo el peso de nuestras reacciones. Podemos tener heridas y necesitar ayuda, pero también podemos aprender herramientas para relacionarnos de una forma más saludable.

No se trata de exigir perfección. Se trata de reconocer si existe voluntad de trabajar en lo que está haciendo daño.

Puedes acompañar a alguien en su proceso sin convertirte en el recipiente de todas sus tormentas.

Querer a una persona no significa que debas vivir en estado de alerta para mantener la paz.

La paz que depende de que nunca digas lo que piensas no es verdadera paz.





¿Debemos alejarnos de todas estas personas?


Aquí viene la parte que me parece más importante.

La vida no es tan sencilla como hacer una lista, identificar a alguien y eliminarlo de nuestra existencia al día siguiente.

Hay relaciones en las que podemos conversar, establecer límites y reconstruir la confianza. Hay personas que necesitan reconocer sus comportamientos y buscar ayuda. Y existen situaciones en las que alejarse es lo más saludable, especialmente cuando hay violencia, amenazas, control o un riesgo para nuestra seguridad.

No todas las relaciones tienen la misma historia ni las mismas posibilidades de cambio.

Pero podemos empezar por hacernos algunas preguntas:

  • ¿Puedo expresar lo que siento sin miedo a las consecuencias?
  • ¿Mis límites son escuchados o se convierten siempre en una discusión?
  • ¿Esta persona reconoce el daño que causa o termina culpándome por sus reacciones?
  • ¿Existe un cambio real y sostenido o solamente promesas después de cada conflicto?
  • ¿Cómo me siento conmigo misma después de pasar tiempo con ella?

No necesitas responderlas todas hoy. A veces basta con permitirte hacer una pregunta que llevabas mucho tiempo evitando.

Y si al leer esto has reconocido algunos comportamientos propios, tampoco conviertas esa conciencia en una condena. Todas podemos equivocarnos, aprender a escuchar mejor, pedir perdón y cambiar.

La diferencia está en lo que hacemos después de reconocerlo.

Porque esta reflexión no debería servirnos únicamente para señalar a los demás. También puede ayudarnos a mirar hacia dentro.

A veces, la persona de la que más necesitamos alejarnos es la versión de nosotras que se abandona por amor

Si algo he aprendido al reflexionar sobre el amor propio es que sanar no consiste en convertirnos en mujeres que nunca dudan, nunca lloran y siempre toman la decisión correcta.

Ojalá fuera tan fácil. Nos ahorraríamos unas cuantas noches de darle vueltas a las cosas y, probablemente, bastante chocolate.

Sanar también significa reconocer cuántas veces hemos ignorado nuestra intuición para no decepcionar a alguien. Cuántas veces hemos aceptado menos de lo que necesitábamos porque teníamos miedo de perder lo poco que recibíamos. Cuántas veces hemos pedido perdón por poner un límite o nos hemos culpado por no haber sabido marcharnos antes.

Y quiero detenerme en esto último.

Si alguna vez permaneciste en una relación que te hizo daño, no necesitas castigarte por ello. El miedo, el apego, la dependencia económica, los hijos, la esperanza y muchas otras circunstancias pueden hacer que alejarse sea difícil.

No tienes que mirar a tu versión de ayer con desprecio por no haber sabido lo que sabes hoy.

Puedes mirarla con ternura. Reconocer que hizo lo que pudo con las herramientas que tenía y empezar a construir algo diferente.

En otra de mis reflexiones, puedes leer mi entrada sobre perdonarnos por permitir que nos trataran mal, hablaba precisamente de esa necesidad de dejar de castigarnos por las veces que no supimos elegirnos.

Porque el amor propio no consiste en reprocharnos todas las veces que nos abandonamos. Consiste en aprender a elegirnos un poquito más a partir de ahora.

Quizá eso empiece con algo tan pequeño como dejar de justificar un comentario que te hirió, recuperar una amistad que habías descuidado, pedir ayuda, decir «no puedo con todo» o admitir que una relación ya no se siente como un lugar seguro.

No tienes que resolver toda tu vida esta semana.

Solo necesitas dejar de convencerte de que mereces menos de lo que realmente necesitas.


Para terminar, quiero dejarte una pregunta


Si hoy pudieras regalarte un poquito más de paz, ¿qué comportamiento dejarías de permitir en tu vida?

No hace falta que me cuentes nombres. No necesitas señalar a nadie ni publicar indirectas. A veces, las decisiones más importantes comienzan en silencio, cuando dejamos de negociar con aquello que nos está haciendo daño.

Quizá no podamos elegir a todas las personas que llegan a nuestra vida, pero sí podemos aprender a observar cómo nos tratan, qué lugar les damos y qué estamos dispuestas a aceptar.

Y, por favor, recuerda algo: no necesitas odiar a alguien para reconocer que necesitas distancia. No necesitas demostrar que es una mala persona para decidir que esa relación ya no te hace bien.

Puedes agradecer lo vivido, reconocer lo aprendido y seguir adelante.

Puedes desearle lo mejor a alguien sin permitirle seguir lastimándote.

Puedes amar a una persona y, aun así, elegirte a ti.

Al final, la vida ya trae suficientes preocupaciones, responsabilidades y días en los que una solo quiere ponerse el pijama, prepararse algo rico y descansar. No necesitamos convertir nuestras relaciones en otra fuente permanente de agotamiento.

Merecemos vínculos donde podamos crecer, equivocarnos, conversar, reír y sentirnos seguras. Personas que no compitan con nuestra felicidad, que respeten nuestros límites y que entiendan que amar no es poseer, controlar ni disminuir al otro.

Y, sobre todo, merecemos aprender a ofrecernos a nosotras mismas esa misma consideración.

Porque hay algo que quiero que te lleves de esta lectura:

Proteger tu paz no te convierte en una persona egoísta. A veces, es la forma más honesta de empezar a quererte.

Con amor,

Sua ♡

Flying to the Sky with Sua

Para seguir leyendo en el blog


Si esta reflexión te ha resonado, te invito a visitar también estas entradas:

Amansa Fieras — Un relato muy personal cómo ser la salvadora de alguien, solo acabará contigo.

Resumen de Las mujeres que aman demasiado
— Mi reflexión sobre Las mujeres que aman demasiado.


Manifiesto Anti Mozas — Otra reflexión del blog sobre amor propio, límites o sanación emocional.

Porque a veces una lectura nos ayuda a reconocer algo que llevábamos mucho tiempo sintiendo, pero todavía no sabíamos cómo poner en palabras.







Para Gustavo, mi Gus, en su primer cumpleaños.


Mi Gus, mi pequeño amor…


Eres sangre de mi sangre, una parte de mí que ahora camina por este mundo con su propia carita, sus propias manitas y una historia que apenas comienza a escribirse.

Desde el instante en que supe de tu existencia, ya te amaba. Todavía no conocía tu rostro, no sabía cómo sería tu sonrisa, ni cómo sonaría tu risa, ni cómo se sentiría tenerte entre mis brazos. Y, sin embargo, ya eras alguien para mí. Ya eras mi pequeño, mi ilusión, mi futuro y ese amor inmenso que todavía no sabía que podía caber dentro de mi corazón.

Después llegaste tú.

Y, aunque todos celebraron tu nacimiento, hay algo que quizás nunca te he contado lo suficiente: el día que naciste tú, también nació una nueva versión de mí. Nació la Sua mamá. 🥹




Una mujer que todavía tenía mucho que aprender, que también tenía miedos, dudas y sueños por cumplir, pero que desde ese día descubrió que su corazón podía latir fuera de su propio cuerpo. Una mujer que entendió que amar también significa transformarse, reconocer los propios errores, aprender a ser mejor y encontrar fuerzas que jamás imaginó tener.

No te voy a mentir, mi amor: no siempre sabré qué hacer. Habrá días en los que me equivoque, momentos en los que tenga miedo y ocasiones en las que me pregunte si estoy haciendo las cosas bien. Ser tu mamá no me convierte en una mujer perfecta, pero sí me ha dado una de las razones más bonitas para intentarlo cada día.

Porque desde que llegaste, he cambiado muchísimo. Y lo he hecho en el mejor sentido de la palabra. He aprendido a mirar la vida de otra manera, a valorar cosas que antes pasaban desapercibidas y a entender que crecer no termina cuando nos hacemos adultos. A veces, crecer significa aprender a ser la persona que alguien pequeño necesita que seamos.

Y yo quiero seguir creciendo, mi Gus. Quiero seguir cambiando, aprendiendo, sanando y convirtiéndome en una mejor mujer, no para ser una mamá perfecta, sino para darte lo mejor de mí. Para que tengas una infancia llena de amor, para que te sientas seguro de ser quien eres, para que nunca tengas que ganarte mi cariño y para que sepas que puedes equivocarte, volver a empezar y encontrar siempre un abrazo en casa.

Algún día crecerás. Tendrás tus propias ideas, tus propios sueños, tus propias batallas y un mundo entero esperándote. Habrá momentos en los que querrás correr tan lejos que apenas pueda seguirte con la mirada. Y aunque una parte de mí seguramente querrá protegerte de todo lo que pueda hacerte daño, también quiero aprender a darte alas.

Porque mi trabajo no es evitar que la vida te enseñe sus lecciones, sino acompañarte mientras aprendes. No es decidir quién debes ser, sino ayudarte a descubrir quién eres. No es conseguir que nunca tengas miedo, sino recordarte que puedes ser valiente incluso cuando lo tengas.

Y si algún día el mundo te parece demasiado grande, si sientes que no eres suficiente o si la vida no resulta como esperabas, quiero que recuerdes algo: no tienes que ser un héroe para merecer amor. No tienes que salvar a nadie para demostrar tu valor. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.

Puedes llorar, puedes descansar, puedes pedir ayuda. Puedes equivocarte y volver a intentarlo. Puedes ser diferente a lo que los demás esperan de ti.

Solo deseo que crezcas con un corazón bueno, que aprendas a defender lo que amas sin dejar de ser amable, que seas valiente sin perder la ternura y que nunca confundas ser un buen hombre con tener que esconder lo que sientes.

Y, por encima de todo, deseo que seas feliz siendo tú.

No sé qué te deparará la vida, mi pequeño. No puedo prometerte que podré evitar todas tus tristezas, que estaré presente en cada caída o que siempre tendré las palabras correctas. Pero sí puedo prometerte que, mientras me quede vida, voy a amarte. Cada segundo que me sea concedido, en los días bonitos y en los difíciles, cuando estés cerca y cuando la vida te lleve lejos.

Porque antes de que tú supieras quién era yo, yo ya sabía que te amaba. Y antes de que tú pudieras llamarme mamá, yo ya habría dado todo por ti.

Hoy cumples tu primer añito, mi Gus. Un año de ti, de nosotros, de descubrirnos y de aprender a querernos de esta manera tan nueva y extraordinaria. Un año desde que mis brazos conocieron su lugar favorito en el mundo y mi corazón encontró una razón más para seguir adelante.

Gracias por elegirme para acompañarte en esta aventura, aunque sé que no fue una elección tuya. Gracias por regalarme el privilegio de ser tu mamá. Gracias por hacerme descubrir una versión de mí que todavía estoy aprendiendo a conocer y que quiero seguir construyendo con amor.

No sé si algún día comprenderás cuánto cambiaste mi vida. Quizás lo entiendas cuando tengas tus propios sueños, cuando mires hacia atrás y descubras que crecer también es aprender a amar. O quizás nunca llegues a imaginarlo del todo, porque hay amores tan grandes que las palabras apenas consiguen rozarlos.

Pero quiero que este escrito quede aquí, guardado para ti, como una pequeña cápsula de nuestro tiempo.

Para que, cuando seas grande, puedas volver a este día y recordar que hubo una mujer que te amó antes de conocerte, que aprendió a ser mamá mientras tú aprendías a vivir y que, aunque no siempre supo cómo hacerlo, jamás dejó de intentar darte lo mejor de sí misma.

Eres sangre de mi sangre, una parte de mi historia y el comienzo de una de las historias más bonitas de mi vida.

Feliz primer cumpleaños, mi pequeño Hércules. Mi Gus. Mi amor para toda la vida. ❤️




Te amo desde antes de conocerte, te amo en cada instante que compartimos y te amaré cada segundo que me quede de vida.


Con todo lo que soy, con todo lo que fui y con todo lo que todavía estoy aprendiendo a ser…

Tu mamá,
Sua. 🥹❤️



Porque nuestro hogar debería ser un lugar donde descansar, no una lista interminable de tareas pendientes.

Hay algo que me parece profundamente injusto de las tareas del hogar: puedes pasar toda una mañana limpiando, recogiendo, barriendo, doblando ropa y dejando cada rincón impecable… para que, unas horas después, parezca que un pequeño tornado ha pasado por ahí.

Y entonces llega el domingo siguiente y toca empezar otra vez. ¡Qué agotamiento!

Durante mucho tiempo, parece que la única solución para mantener una casa ordenada es dedicarle más tiempo, esforzarnos más y encontrar la manera de hacer todas esas cosas que siempre están pendientes. Pero ¿y si el problema no fuera nuestra falta de disciplina, sino la forma en la que intentamos organizarnos?

Últimamente he estado pensando en algo: no necesitamos una casa perfecta; necesitamos una casa que funcione para nosotros.

Un hogar donde podamos encontrar las llaves cuando vamos tarde, donde la cocina no se convierta en una montaña de platos, donde guardar la ropa no sea una misión imposible y donde podamos sentarnos en el sofá sin sentir que deberíamos estar haciendo otra cosa.

Por eso, hoy quiero compartir algunas ideas para mantener la casa en orden sin sacrificar nuestros fines de semana ni convertir la limpieza en una segunda jornada laboral.

1. Deja de intentar ordenar toda la casa en un solo día


Seamos sinceras: a veces miramos nuestra casa, vemos todo lo que hay que hacer y sentimos que necesitamos un día entero, tres cafés y una playlist motivacional para empezar.

El problema es que, cuando intentamos hacerlo todo de golpe, terminamos agotadas. Y si la semana siguiente volvemos a encontrarnos con el mismo desorden, sentimos que todo nuestro esfuerzo no sirvió de nada.

La solución es dividir las tareas en pequeñas sesiones.

En lugar de proponerte organizar toda la cocina, empieza por un cajón. En vez de revisar todo el armario, comienza con las camisetas. Si la alacena necesita atención, revisa únicamente los productos que están vencidos o que ya no utilizas.

Puedes dedicar entre 15 y 30 minutos a una zona específica y detenerte cuando termine el tiempo.

No necesitas resolverlo todo hoy. Necesitas empezar por alguna parte.



 

2. Aprende a despedirte de las cosas que ya no necesitas


A veces, el desorden no aparece porque nos falten muebles o cajas organizadoras, sino porque tenemos demasiadas cosas.

Guardamos ropa que ya no nos queda, recipientes sin tapa, productos que compramos por impulso, objetos que algún día podrían servirnos y recuerdos que no sabemos dónde colocar.

Y así, poco a poco, nuestros armarios terminan llenos de cosas que apenas utilizamos.

Una buena estrategia es clasificar lo que tenemos en cuatro grupos:
  • Conservar: aquello que usamos, necesitamos o realmente valoramos.
  • Donar o regalar: lo que está en buen estado, pero ya no tiene utilidad para nosotros.
  • Vender: los objetos que todavía pueden tener una segunda vida y cuyo valor justifica el esfuerzo.
  • Reciclar o desechar: lo que está roto, vencido o ya no puede aprovecharse de manera segura.

¿Y qué hacemos con esas cosas que no sabemos si queremos conservar?

Aquí entra en juego la famosa caja de transición.

Guarda los objetos dudosos en una caja, anota una fecha para revisarla dentro de tres a seis meses y déjala fuera de la vista. Si durante ese tiempo no has necesitado nada de lo que contiene, tendrás más información para decidir qué hacer con ello.

Eso sí, los documentos importantes, las pertenencias con valor legal y los objetos que puedan tener un uso necesario no deben desecharse siguiendo una regla automática.

Recuerda: cada cosa que dejamos de almacenar es una cosa menos que tendremos que limpiar, mover y organizar.

3. Dale a cada objeto un lugar propio


Esta es una de las claves más importantes para mantener el orden.

Piensa en todas esas cosas que aparecen misteriosamente sobre la mesa del comedor, el sofá, la encimera de la cocina o la entrada de la casa. Las llaves, los recibos, los cargadores, las chaquetas, los juguetes…

Muchas veces no están ahí porque seamos desordenadas, sino porque no tienen un lugar específico al que regresar.

La solución es crear un sitio para cada categoría de objetos.
  • Las llaves y la cartera pueden tener una bandeja cerca de la entrada.
  • Los zapatos de uso diario pueden guardarse en un zapatero.
  • Los documentos pendientes pueden ir en una carpeta o bandeja.
  • Los productos de limpieza deben tener un lugar definido y seguro.
  • Los juguetes necesitan cajas o estantes accesibles para que recogerlos sea sencillo.

La idea es que guardar algo sea tan fácil como dejarlo tirado.

Y aquí hay una regla que me parece maravillosa: si algo tarda menos de dos minutos en volver a su sitio, hazlo inmediatamente.

Colgar el abrigo, guardar el libro, lavar la taza del café o recoger un juguete son pequeñas acciones que evitan que el desorden se acumule.

4. No llenes la casa de organizadores antes de revisar lo que tienes


¡Confieso que las cajas bonitas, las cestas y los organizadores pueden ser muy tentadores!

Pero comprar más recipientes no siempre significa tener una casa más ordenada. A veces solo conseguimos esconder el desorden detrás de una caja preciosa.

Antes de comprar cualquier organizador, revisa tus pertenencias y calcula cuánto espacio necesitas realmente.

Aquí entra la regla del contenedor: el espacio disponible determina cuántas cosas puedes conservar.

Si el cajón de las camisetas está lleno, no necesariamente necesitas otro cajón. Tal vez sea momento de revisar cuántas camisetas tienes y cuáles utilizas de verdad.

También puedes aprovechar mejor el espacio vertical:
  • Dobla las camisetas de manera que puedas verlas sin desarmar toda la pila.
  • Utiliza separadores en cajones.
  • Aprovecha las paredes y la parte interior de las puertas cuando sea práctico.
  • Coloca los objetos de uso frecuente al alcance de la mano.
  • Guarda las cosas de temporada en las zonas menos accesibles.

El objetivo no es conseguir que todo quepa a presión. Es que puedas sacar algo sin tener que reorganizar cinco cosas antes.


5. Reduce el ruido visual


¿Alguna vez has sentido que una habitación está desordenada incluso después de recogerla?

Puede que el problema sea el ruido visual.

Demasiados objetos sobre las superficies, envases de distintos colores, papeles acumulados y adornos por todas partes pueden hacer que un espacio se sienta saturado.

No necesitas convertir tu casa en una fotografía de revista ni deshacerte de todas tus cosas bonitas. Se trata de elegir qué quieres tener a la vista.

Una idea práctica es probar la regla de los tres objetos: deja hasta tres elementos decorativos o funcionales en una superficie y guarda el resto. No es una ley universal, sino un punto de partida para descubrir qué cantidad de objetos te resulta visualmente agradable.

También puedes agrupar los productos pequeños en bandejas, guardar los papeles en carpetas y utilizar recipientes que te permitan identificar fácilmente lo que contienen.

Y algo importante: no hace falta comprar frascos idénticos para toda la cocina. Si decides trasladar productos a otros recipientes, asegúrate de que sean adecuados para su contenido, estén correctamente identificados y se mantengan fuera del alcance de los niños.

A veces, para sentir que una habitación respira, no necesitamos añadir nada: necesitamos retirar algunas cosas de la vista.

6. Si hay niños en casa, adapta el orden a su realidad


Cuando hay niños pequeños, mantener la casa ordenada puede convertirse en una aventura diaria.

Guardas los juguetes y, cinco minutos después, todos vuelven a estar en el suelo. Doblas una mantita y aparece convertida en una cueva. Recoges los bloques y descubres que ahora hay una colección de libros esperando su turno.

Y está bien. Una casa habitada no permanece inmóvil.

En lugar de intentar que los niños se adapten a un sistema complicado, podemos diseñar un espacio que facilite el orden.

Algunas ideas:

  • Rota los juguetes. No necesitas tener todos disponibles al mismo tiempo. Guarda una parte y cambia la selección cada dos o tres semanas, según los intereses y la etapa de tu pequeño.

  • Utiliza cajas accesibles. Los recipientes bajos permiten que los niños mayores puedan guardar sus pertenencias con mayor autonomía. Las etiquetas con dibujos ayudan a identificar dónde va cada cosa.

  • Reduce las opciones a la vista. Cuando hay demasiados juguetes disponibles, recogerlos puede resultar abrumador. Una selección más pequeña facilita tanto el juego como la organización.

  • Convierte el orden en una rutina. Después de jugar, pueden guardar algunos objetos antes de pasar a otra actividad, siempre de acuerdo con su edad y sus capacidades.

En el caso de los bebés, la prioridad es que el espacio sea seguro: los objetos pequeños, las bolsas y los organizadores peligrosos deben mantenerse fuera de su alcance, y los muebles y estantes deben estar bien sujetos.

Y, por favor, recordemos algo: no necesitamos una casa impecable para ofrecerles un hogar bonito y lleno de amor.

7. La regla de los dos minutos: pequeñas acciones, grandes diferencias


Esta es probablemente una de las estrategias más fáciles de incorporar a nuestra rutina.

La idea es sencilla: si una tarea doméstica puede resolverse en menos de dos minutos, intenta hacerla en ese momento, siempre que sea seguro y razonable.

Por ejemplo:
  • Lava tu taza después de utilizarla.
  • Cuelga la chaqueta al llegar a casa.
  • Guarda los zapatos en su lugar.
  • Limpia las migas de la encimera después de preparar algo.
  • Lleva el plato a la cocina cuando termines de comer.
  • Guarda los productos que acabas de utilizar.
  • Recoge los objetos que han quedado fuera de lugar.

También puedes aplicar el hábito de no salir de una habitación con las manos vacías. Si vas de la sala a la cocina y tienes un vaso que pertenece allí, llévalo contigo.

No se trata de caminar por casa buscando constantemente algo que hacer. Se trata de aprovechar los movimientos que ya realizamos para evitar tareas innecesarias más adelante.

Una pequeña acción hoy puede ahorrarnos una tarea mucho más pesada mañana.

8. Mi rutina de 15 minutos para mantener la casa en orden


Después de todas estas ideas, llega la pregunta importante: ¿cómo las llevamos a la práctica sin crear una lista interminable de obligaciones?

Una de las propuestas que más me gustó fue organizar una rutina diaria de 15 minutos. La idea es recorrer las principales zonas de la casa, devolver los objetos a su lugar y dejar preparado lo esencial para el día siguiente.

Esta podría ser una versión adaptable a nuestra vida cotidiana:




No tienes que seguir este cronograma al pie de la letra. Si un día la cocina necesita más atención, puedes redistribuir el tiempo. Y si hay una tarea que requiere limpieza profunda, puedes reservarle otro momento.

La misión de estos 15 minutos no es limpiar la casa a fondo. Es devolverla a un estado funcional para que el desorden no se acumule.

Y si un día no lo consigues, no pasa absolutamente nada. Al día siguiente puedes volver a intentarlo.
 

9. El verdadero secreto: crear un sistema que puedas mantener


Después de revisar todas estas estrategias, creo que hay tres pasos que resumen lo esencial para mantener un hogar organizado:

  1. Depurar. Deshacerte de lo que ya no necesitas para que tus pertenencias dejen de ocupar más espacio del que tienes disponible.
  2. Sistematizar. Asignar un lugar concreto a cada cosa y organizar los espacios de acuerdo con la manera en la que realmente utilizas tu casa.
  3. Mantener. Incorporar pequeñas rutinas que eviten que el desorden vuelva a acumularse.

No necesitas hacer todo hoy. Puedes comenzar por la encimera de la cocina, un cajón o esa silla del dormitorio que, por alguna razón misteriosa, termina convertida en un armario adicional.

Elige una sola cosa. Hazla. Y continúa poco a poco.

Reflexión final: tu casa está para servirte, no para esclavizarte


Quiero terminar con algo que me parece importante recordar.

A veces, especialmente cuando tenemos muchas responsabilidades, sentimos que nunca hacemos suficiente. La casa necesita atención, hay cosas por comprar, ropa por lavar, comida por preparar y una lista de pendientes que parece reproducirse durante la noche.

Pero nuestra vida no puede reducirse a mantener las superficies limpias y los objetos perfectamente acomodados.

También necesitamos descansar, leer ese libro que lleva semanas esperándonos, ver una película, compartir tiempo con nuestra familia y, simplemente, sentarnos un rato sin sentir culpa.

Una casa ordenada puede ayudarnos a vivir con más tranquilidad, pero no debería convertirse en otra fuente de presión.

No se trata de que nunca vuelva a haber desorden. Se trata de que, cuando aparezca, tengamos una manera sencilla de recuperar el equilibrio.

Porque el verdadero lujo no es tener una casa perfecta.

El verdadero lujo es tener un hogar que funcione para ti y que todavía te deje tiempo para disfrutar de tu vida.

Y ahora te pregunto: ¿cuál es ese rincón de tu casa que siempre parece volver al caos? ¿La cocina, el armario, la sala o esa misteriosa silla donde termina acumulándose toda la ropa?

Cuéntamelo en los comentarios. ¡Quizás podamos encontrar juntas una solución para ese pequeño enemigo doméstico! 🌿


Con cariño,

Sua ♡

Flying to the Sky with Sua

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Te leo en los comentarios. ♡







Te escribo esta carta desde mi más profundo silencio y sé que… nunca voy a poder estar al 100%. Pero aquí estamos. Ya cumplimos 35. Y quería escribirte esta carta porque a veces vuelvo a leer las publicaciones antiguas y pienso: “Mira cuánto hemos crecido.”

Miro esa foto de esa niña pequeñita y la miro con una inmensa alegría. 🥹 Porque si pudiera decirle algo hoy, le diría que no tenía idea de todo lo que iba a vivir, de todo lo que iba a aprender y, sobre todo, de todo lo que iba a descubrir de sí misma.

Los años cerrados muchas veces dan mucho que desear. Hay años que llegan llenos de planes cumplidos y otros que simplemente nos enseñan a sobrevivir, a soltar, a empezar de nuevo y a querernos un poquito más.

Espero que estos 35 años vengan llenos de buenos momentos, de muchos lugares visitados, de mucha comida rica probada 😂, de aventuras, de risas y, por qué no, de una vida un poquito más fitness… ¡que el ejercicio también entre a nuestra vida! ✨✨✨

Quiero aprender a disfrutar más. A preocuparme menos por lo que no puedo controlar. A decir que no sin sentir culpa. A elegir lo que me hace bien. A celebrar mis pequeños logros y a recordar que no tengo que tener la vida resuelta para estar orgullosa de la mujer en la que me estoy convirtiendo.

Y quiero darte las gracias.

Gracias por aguantar tantas cosas. Por seguir aquí. Por quererme este año como nunca. Porque este ha sido, probablemente, el año en el que más he necesitado quererme… y, de alguna manera, llegó a mi vida todo aquello que me recordó que también merezco recibir ese amor. 😍

Gracias, gracias, gracias.

Y gracias por Gus. 🥹❤️
Por permitirme conocer este amor tan enorme y tan bonito. Espero que sigamos criándolo con mucho amor, que crezca sano y fuerte, que sea muy feliz y que podamos guardar en nuestra memoria miles de momentos junto a él.

Quiero vivir. Mucho.

Quiero conocer lugares nuevos, probar cosas nuevas, reírme hasta que me duela la barriga, tomar fotos que algún día miraré con nostalgia, comer cosas deliciosas, leer buenos libros, escribir, viajar, aprender, equivocarme, volver a empezar y rodearme de las personas que amo.

Y cuando vuelva a mirar aquella foto de esa niña pequeñita, quiero poder decirle:

“Lo hicimos. No fue perfecto, pero mira todo lo que vivimos.”

Así que, querida yo de 35…

Aquí vamos. 🥂✨

Con más amor propio, más aventuras, más historias que contar y, espero, muchas menos ganas de tenerlo todo bajo control.

Feliz cumpleaños a mí.



Feliz vida para nosotras.
Y que los próximos 35 nos encuentren todavía más felices, más libres y más nosotras. 🤍✨







Hay cosas que una escribe porque quiere escribirlas.

Y hay otras que escribe porque la vida prácticamente la obliga.

Este post pertenece a la segunda categoría.

Hace poco, este año, me tocó vivir una de esas situaciones que una cree que solamente les pasan a otras personas. De esas historias que ves en películas, escuchas entre amigas o lees en internet y piensas: “¿Cómo puede alguien hacer algo así?”

Hasta que un día te toca estar del otro lado.

Y cuando estás ahí, cuando descubres una infidelidad, cuando ves conversaciones, cuando empiezas a reconstruir una historia que no sabías que existía, necesitas desesperadamente encontrar un culpable.

Yo lo hice.

Culpé a la tercera persona.

Y durante un tiempo fue mucho más fácil pensar que ella era la mala de la historia.

Porque, vamos a ser honestas, es muchísimo más sencillo odiar a “la otra” que aceptar que la persona que amabas, la persona con la que habías construido una vida y con quien existía un compromiso, también tomó decisiones.

Incluso había algo que hacía que todo me doliera todavía más: esa persona había estado presente en momentos importantes de nuestra historia. Había ido a nuestra boda.

Y después decidió enamorarse de mi esposo.

O al menos eso fue lo que yo necesitaba pensar para poder ordenar todo el caos que tenía en la cabeza.

Porque decir “ella se enamoró de mi esposo” parecía explicar la historia.

Pero con el tiempo entendí que no la explicaba completa.





Entonces… ¿las mozas son realmente las malas?


No.

Pero tampoco son necesariamente inocentes.

Y creo que aquí está la parte incómoda.

Una persona que sabe que alguien tiene pareja y aun así decide involucrarse está tomando una decisión.

Pero hay algo que para mí es todavía más importante:

la persona que tenía el compromiso contigo es quien tenía una responsabilidad directa contigo.

Esa persona hizo una promesa.

Esa persona construyó una relación contigo.

Esa persona sabía cuáles eran los límites de la relación.

Y esa persona fue quien decidió abrirle la puerta a alguien más.

Porque seamos sinceras:

La tercera persona puede tocar la puerta.

Pero alguien tuvo que abrirla.

Y esa diferencia cambia absolutamente toda la historia.


Durante mucho tiempo pensé que ella había destruido mi relación


Hoy lo veo diferente.

Una tercera persona no puede entrar mágicamente en una relación donde existen límites claros, comunicación y compromiso.

Puede intentarlo, sí.

Puede coquetear.

Puede insistir.

Puede enamorarse.

Puede incluso tomar decisiones cuestionables.

Pero si la persona comprometida dice:

“No.”

La historia termina ahí.

Por eso creo que una de las cosas más peligrosas que hacemos cuando descubrimos una infidelidad es concentrar toda nuestra rabia en la tercera persona.

Porque mientras estamos ocupadas odiándola, dejamos de mirar a quien realmente tenía una responsabilidad con nosotras.

Y esto no significa que tengamos que justificar a la tercera persona.

No.

Si sabía que estaba entrando en una relación, también tiene responsabilidad sobre sus decisiones.

Pero su responsabilidad no borra la de nuestra pareja.

Y la responsabilidad de nuestra pareja no desaparece porque exista una tercera persona.

¿Y por qué culpamos tanto a la otra?


Porque probablemente duele menos.

Es mucho más fácil pensar:

“Ella me quitó a mi esposo.”

Que aceptar:

“Mi esposo eligió darle espacio a otra persona.”

La primera frase coloca toda la responsabilidad afuera.

La segunda nos obliga a mirar de frente a la persona que amábamos.

Y vaya que eso duele.

Porque entonces aparecen todas esas preguntas que no queremos contestar.

  • ¿Desde cuándo?
  • ¿Por qué?
  • ¿Realmente me amaba?
  • ¿Qué parte de nuestra historia era verdad?
  • ¿Por qué no habló conmigo?
  • ¿Por qué no terminó nuestra relación antes?
  • ¿Por qué necesitó mentirme?

Y probablemente la pregunta más dolorosa:

¿Por qué, teniendo la opción de cuidarme, decidió no hacerlo?


El problema no es solamente la infidelidad


También está la falta de responsabilidad afectiva.

Y para mí esta palabra tomó otro significado después de vivir todo esto.

La responsabilidad afectiva no significa que nunca vamos a hacerle daño a alguien.

Eso sería imposible.

Significa entender que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre otras personas y actuar con honestidad frente a ellas.

Entonces, si ya no amas a tu pareja…

Si estás enamorado de otra persona…

Si quieres estar con alguien más…

termina tu relación.

Habla.

Sé honesto.

Hazte cargo.

Pero no construyas una segunda historia escondida detrás de la primera.

Porque decir “ya no te amo” puede romper un corazón.

Pero mentir durante meses también rompe la dignidad, la confianza y la percepción que una persona tiene de su propia realidad.

Y aquí quiero hablarle a la tercera persona

No para insultarte.

No para llamarte “moza”.

No para decirte que eres la única culpable.

Pero sí para decirte algo:

Si sabes que esa persona tiene una relación, pregúntate qué lugar estás aceptando ocupar.

Porque quizá te dice que su matrimonio está terminado.

Que duerme en habitaciones separadas.

Que ya no ama a su pareja.

Que están juntos solamente por los hijos.

Que pronto se van a separar.

Que contigo encontró el verdadero amor.

Puede ser verdad.

O puede ser simplemente la historia que necesita contarte para que tú aceptes una situación que, en otras circunstancias, no aceptarías.

Y mientras esperas que algún día te elija, puedes terminar acostumbrándote a recibir solamente las partes de esa persona que quedan disponibles para ti.

Y aquí aparece una pregunta que creo que vale muchísimo la pena hacerse:

¿Realmente quiero ser el secreto de alguien?


No porque esa persona no pueda llegar a amarme.

Sino porque yo también tengo derecho a preguntarme qué tipo de relación estoy aceptando.


Y ahora viene la parte más difícil: hablarme a mí misma


Yo también tuve que aceptar que estaba mirando todo desde el dolor.

Que necesitaba una villana.

Que necesitaba creer que si ella no hubiera aparecido, todo habría estado bien.

Pero no sé si eso es verdad.

Y probablemente nunca lo sabré.

Porque una relación no se rompe solamente cuando aparece una tercera persona.

Se rompe cuando alguien decide cruzar un límite.

La tercera persona puede ser el detonante visible.

Pero la decisión de ser infiel pertenece a quien tenía el compromiso.

Y esa diferencia me cambió completamente la manera de entender lo que viví.

No, ella no era la única responsable


Hoy no quiero contar esta historia para decir:

“Las mozas son malas.”

Tampoco quiero decir:

“Las mozas no tienen ninguna responsabilidad.”

Quiero decir algo mucho más incómodo:

Dejemos de convertir a la tercera persona en la única villana porque eso nos permite no mirar al verdadero conflicto.

Si alguien tenía un compromiso contigo y decidió abrirle espacio a otra persona, esa decisión también habla de él.

  • De sus límites.
  • De sus elecciones.
  • De su honestidad.
  • De su responsabilidad afectiva.

Y de la forma en que decidió cuidar —o no cuidar— la relación que tenía contigo.


Entonces… ¿vale la pena?

Si alguien puede enamorarse de otra persona mientras está contigo, la pregunta no debería ser solamente:

“¿Quién es ella?”

Quizás también deberíamos preguntarnos:

  • “¿Quién es él?”
  • ¿Quién es la persona que tengo al lado?
  • ¿Qué hizo con el compromiso que tenía conmigo?
  • ¿Fue honesto?
  • ¿Puso límites?
  • ¿Me habló cuando dejó de sentirse bien en nuestra relación?
  • ¿Terminó la relación antes de comenzar otra?
  • ¿O quiso tener ambas cosas?

Porque al final, una relación no se sostiene porque no existan otras personas interesantes, bonitas o disponibles.

Se sostiene porque dos personas deciden respetar los límites que acordaron.

Y si alguien abre la puerta para que entre una tercera persona…

quizás la pregunta más importante no sea:

“¿Por qué ella quiso entrar?”

Sino:

“¿Por qué él decidió abrir?”


Y quizá, solamente quizá, ahí encontremos la respuesta que tanto evitamos mirar.

Un pequeño manifiesto para las que alguna vez fuimos “la esposa”, “la novia”, “la otra” o simplemente la mujer que estaba intentando entender qué demonios había pasado:


No voy a gastar toda mi energía odiando a otra mujer por una decisión que también tomó mi pareja.

No voy a cargar con una culpa que no me corresponde.

No voy a justificar a quien sabía que estaba entrando en una relación ajena.

Pero tampoco voy a permitir que la existencia de una tercera persona borre la responsabilidad de quien tenía un compromiso conmigo.

Porque el amor no debería ser una competencia.

Y la fidelidad no depende de que no aparezcan tentaciones.

Depende de las decisiones que tomamos cuando aparecen.

Y si alguien tiene que traicionarte para poder estar con otra persona, quizá la pregunta no sea si esa tercera persona ganó.



Quizá la pregunta sea:

¿Realmente quiero seguir llamando hogar a un lugar donde para ser elegida primero tuvieron que dejar entrar a alguien más?

💚 Si te quedaste con ganas de seguir leyendo…

Si este manifiesto te hizo pensar un poquito —o remover alguna herida— quizá también quieras pasar por estos otros posts de Flying to the Sky with Sua:

🌿 30 minutos para ti — porque antes de buscar respuestas afuera, también necesitamos volver a nosotras mismas.

📱 Las pantallas, ¿son nuestras enemigas? — una reflexión sobre maternidad, crianza y esas decisiones que creemos que deben ser blanco o negro.

🎬 Coyote vs. Acme: el eterno perdedor — porque a veces también necesitamos hablar de las historias que nos acompañaron y de cómo las vemos ahora con otros ojos.

Y si quieres seguir viajando conmigo por estas historias, te espero en Flying to the Sky with Sua. ✨


 


Quizás el problema no sea la pantalla, sino todo lo que dejamos de vivir mientras la miramos.


Confieso algo: yo también he pensado que una pantalla puede ser una salvación.

Cinco minutos para terminar algo. Cinco minutos para comer tranquila. Cinco minutos para responder un mensaje, recoger la casa, trabajar o, simplemente, respirar.

Y creo que ahí empieza una de las conversaciones más complicadas de la maternidad actual.

Porque vivimos rodeados de pantallas. Están en nuestros teléfonos, televisores, tablets, computadoras… y, aunque queramos evitarlo, forman parte de nuestra vida cotidiana. Entonces aparece la gran pregunta: ¿las pantallas son nuestras enemigas?

Creo que la respuesta no es tan sencilla.

No quiero escribir este post para decirte que una pantalla convierte automáticamente a un niño en un pequeño adicto a la tecnología, ni para hacer sentir culpable a una mamá que alguna vez puso un dibujo animado mientras necesitaba hacer algo.

Tampoco creo que la solución sea vivir como si la tecnología no existiera.

Pero sí creo que necesitamos detenernos un momento y preguntarnos algo diferente:

¿Qué está dejando de vivir mi hijo mientras está frente a una pantalla?

Y esta pregunta, aunque parece sencilla, cambia completamente la conversación.

El problema quizá no sea solamente la pantalla


Cuando hablamos de pantallas solemos concentrarnos en cuánto tiempo las utilizan nuestros hijos.

Una hora. Dos horas. Diez minutos más.

Pero existe una idea que me parece mucho más interesante: el llamado “efecto desplazamiento”.

El tiempo frente a una pantalla no ocurre en el vacío. Ese tiempo está ocupando un espacio que podría estar siendo utilizado para otra cosa: jugar, moverse, dormir, conversar, experimentar, mirar a otras personas, tocar objetos, ensuciarse las manos, aburrirse…

Y para un cerebro que está creciendo, esas experiencias son muchísimo más importantes de lo que parecen.

Pensemos, por ejemplo, en un niño jugando con bloques.

No solamente está construyendo una torre. Está intentando mantener el equilibrio, descubriendo qué pasa cuando coloca una pieza encima de otra, coordinando sus movimientos, resolviendo problemas y, probablemente, tirando toda la torre al suelo para volver a empezar.

Ahora pensemos en hacer exactamente lo mismo en una pantalla.

Puede ser divertido. Puede incluso parecer educativo.

Pero no estamos utilizando el cuerpo de la misma manera.

Y eso es justamente lo que me parece importante recordar: una experiencia digital puede parecerse a una experiencia real, pero no necesariamente reemplaza todo lo que ocurre fuera de la pantalla.

“Pero es un programa educativo…”


Aquí aparece otro de los grandes argumentos que solemos utilizar.

“Pero está viendo algo educativo.”

Y sí, existen contenidos pensados para enseñar.

Pero cuando hablamos de bebés y niños muy pequeños, el aprendizaje no ocurre solamente porque alguien les muestre información.

Durante los primeros años, necesitan algo mucho más básico y mucho más poderoso: interacción humana.

Un bebé aprende cuando le hablamos, cuando respondemos a sus sonidos, cuando señalamos algo y le ponemos un nombre, cuando lo miramos a los ojos, cuando jugamos con él.

Es ese intercambio de ida y vuelta el que ayuda a construir sus conexiones y habilidades.

Una pantalla puede mostrarle el dibujo de un perro.

Pero otra cosa muy diferente es que mamá señale un perro de verdad y diga:

“¡Mira! ¡Un perrito!”

Y después el bebé mire a mamá, vuelva a mirar al perro, haga un sonido, mamá responda, el perro ladre y todos terminen riéndose.

Eso es aprendizaje también.

Y, probablemente, mucho más rico de lo que parece.

Por eso las principales recomendaciones citadas en el documento desaconsejan el uso de pantallas en los primeros años, especialmente en bebés pequeños.

El famoso “chupete digital”


Y aquí llegamos a una parte que, como mamá, me parece especialmente difícil.

Porque todos sabemos que un niño puede estar cansado, aburrido, frustrado o tener uno de esos berrinches que parecen haber sido escritos por un guionista de película de acción. 😂

Y entonces aparece la pantalla.

  • Un video.
  • Una canción.
  • Un dibujo.
  • Silencio.
  • Funcionó.

El problema aparece cuando la pantalla empieza a convertirse en nuestra herramienta principal para regular las emociones de nuestros hijos.

Si cada vez que está aburrido le damos una pantalla, ¿cuándo aprende a tolerar el aburrimiento?

Si cada vez que está frustrado le damos una pantalla, ¿cuándo aprende a atravesar la frustración?

Si cada berrinche termina con un teléfono delante de sus ojos, ¿cuándo tiene la oportunidad de aprender a calmarse con otras herramientas?

El documento recoge precisamente esta preocupación: utilizar la pantalla como un “chupete digital” puede hacer que el niño dependa de un estímulo externo para alcanzar la calma, en lugar de ir desarrollando poco a poco su propia capacidad de autorregulación.

Y ojo: esto no significa que una vez que le pusiste un video durante un berrinche hayas arruinado su desarrollo.

Por favor, respiremos. 😅

La crianza no funciona así.

Se trata más bien de observar nuestros hábitos y preguntarnos si estamos utilizando la tecnología como una herramienta ocasional o si poco a poco se está convirtiendo en la respuesta automática para todo.

También hay un cuerpo detrás de esos ojos


A veces pensamos en las pantallas solamente desde lo emocional o lo cognitivo, pero nuestros hijos también tienen un cuerpo que necesita moverse.

  • Dormir.
  • Correr.
  • Gatear.
  • Caminar.
  • Saltar.
  • Jugar en el suelo.
  • Mirar a lo lejos.

Y cuando las pantallas ocupan demasiado tiempo, también pueden desplazar esas actividades.

El documento señala asociaciones entre el uso excesivo y una menor actividad física, alteraciones del sueño y otros hábitos poco saludables.

Por eso no se trata solamente de decir:

“Mi hijo estuvo una hora viendo televisión.”

La pregunta también puede ser:

  • “¿Durmió bien?”
  • “¿Jugó?”
  • “¿Se movió?”
  • “¿Pasó tiempo conmigo?”
  • “¿Tuvo oportunidad de aburrirse?”
  • “¿Salió a descubrir el mundo?”

Porque una infancia saludable no se construye solamente contando minutos frente a una pantalla.

Se construye con todo lo que sucede cuando la pantalla está apagada.

Y aquí viene la parte incómoda: nosotros


Nuestros hijos también aprenden mirándonos.

Y esto me parece particularmente importante porque podemos decirles:

“Deja el celular.”

Mientras nosotros estamos mirando el nuestro.

Podemos pedirles que no lleven la tablet a la mesa mientras respondemos mensajes durante la cena.

Podemos decirles que las pantallas no son para antes de dormir mientras nosotros seguimos haciendo scroll hasta la medianoche.

Los adultos somos su referencia.

Por eso una de las estrategias que plantea el documento es establecer espacios libres de tecnología, como la mesa durante las comidas, para recuperar esos momentos de conversación e interacción.

Y quizá esta sea una de las partes más difíciles.

Porque poner límites a nuestros hijos puede ser complicado.

Pero poner límites a nosotros mismos… uff. Esa es otra historia. 😂


Entonces, ¿cuánto es demasiado?



Las recomendaciones pueden variar según la edad, pero el documento resume las pautas citadas de la OMS, la AAP y la AEP: para los menores de un año se plantea evitar las pantallas; entre uno y dos años tampoco se recomiendan de forma general; a partir de los dos años se plantea limitar el tiempo y priorizar contenido de calidad acompañado por un adulto. Para niños mayores también se insiste en equilibrar el uso de pantallas con actividad física, sueño y otras experiencias.

Pero incluso teniendo una cifra delante, creo que hay algo que no deberíamos perder de vista.

No todo se puede medir en minutos.

Porque una hora de pantalla no significa exactamente lo mismo en todas las circunstancias.

No es igual una hora en la que un adulto está acompañando al niño, conversando sobre lo que está viendo y después salen a jugar, que una hora que reemplaza sistemáticamente el juego, el sueño, la comida en familia o la interacción con otras personas.

Por eso me gusta más hablar de equilibrio que de miedo.

Entonces… ¿son nuestras enemigas?

No.

Las pantallas no son monstruos escondidos debajo de la cama esperando atrapar a nuestros hijos.

Son herramientas.

Y, como muchas herramientas, importa muchísimo cómo, cuándo y cuánto las utilizamos.

El objetivo tampoco debería ser criar niños que nunca hayan visto una pantalla.

Vivimos en un mundo digital y nuestros hijos crecerán rodeados de tecnología.

El verdadero desafío es enseñarles que la tecnología forma parte de la vida, pero no es la vida completa.

Que una pantalla puede entretenerlos, pero no reemplaza jugar.

Que un video puede enseñarles algo, pero no sustituye una conversación.

Que un celular puede calmarlos durante unos minutos, pero también necesitan aprender poco a poco a reconocer y manejar sus emociones.

Que pueden disfrutar de la tecnología y, al mismo tiempo, aprender a apagarla.

Y quizás, al final, la pregunta más importante no sea:

“¿Cuántas horas de pantalla puede ver mi hijo?”

Quizás deberíamos preguntarnos:

“¿Qué está dejando de descubrir mientras está frente a ella?”

Porque mientras mira una pantalla, quizá no está mirando una hormiga cruzar el patio.

Quizá no está intentando construir una torre que inevitablemente se va a caer.

Quizá no está escuchando una historia por décima vez.

Quizá no está aprendiendo a esperar.

Quizá no está inventando un juego porque está aburrido.

Quizá no está mirando nuestros ojos mientras le contamos algo.

Y todas esas pequeñas cosas que parecen insignificantes…

son precisamente las cosas con las que está construyendo su mundo.

Así que no, quizá las pantallas no sean nuestras enemigas.

Pero tampoco deberían convertirse en el lugar donde nuestros hijos viven su infancia. 💚

Y quizá esa sea la verdadera tarea que tenemos como padres: no eliminar la tecnología de sus vidas, sino asegurarnos de que todavía quede muchísimo espacio para todo lo demás.



💚 Si quieres seguir leyendo...


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Nos leemos en el próximo vuelo. ✈️💚


— Sua
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