Quizá porque los absolutos son fáciles cuando hablamos de la vida de los demás.
Es sencillo mirar una situación desde afuera y decir qué debería hacer
alguien.
Lo difícil es estar dentro de ella.
Sentirla.
Vivirla.
Tomar decisiones con miedo, amor, rabia, esperanza, tristeza y mil
pensamientos chocando al mismo tiempo.
Por eso hoy intento tener más cuidado cuando digo “yo jamás…”.
No porque crea que todo esté permitido.
Hay cosas que siguen siendo límites para mí.
Valores que quiero conservar.
Comportamientos que no quiero normalizar.
Pero entendí que tener límites no significa creer que tenemos todas las
respuestas.
Quizá crecer también es aceptar que podemos cambiar de opinión.
Y que cambiar de opinión no nos hace débiles, incoherentes o ingenuos.
A veces solo significa que vivimos algo que antes no conocíamos.
La Sue de hace unos años no tenía las experiencias que tiene la de ahora.
No conocía ciertas heridas.
No conocía ciertas formas de amar.
No sabía lo que era ser mamá.
No sabía cómo reaccionaría ante determinadas situaciones.
Y tampoco sabía que algún día miraría atrás y pensaría:
“Mira tú… resulta que no sabía nada.” 😂
Quizá los absolutos existen, pero son mucho menos de los que creemos.
Porque la vida tiene una forma muy particular de recordarnos que nunca
terminamos de conocernos.
Y tal vez eso no sea algo malo.
Tal vez sea una de las cosas más bonitas de estar vivos.
Saber que todavía podemos sorprendernos.
Que podemos cambiar.
Que podemos aprender.
Que podemos equivocarnos.
Que podemos perdonar.
Que podemos poner límites.
Que podemos volver a empezar.
Y que esa persona que jurábamos ser para siempre… quizá solo era una versión
de nosotros que aún no había vivido lo suficiente.
Pero hay un pensamiento que siempre me ha inquietado cuando hablamos de
“absolutos”.
Porque si lo pienso bien… hay uno que parece escaparse de todo esto.
La muerte.
Ese momento que, al menos en teoría, todos compartimos.
Ese final que no depende de nuestras decisiones, ni de nuestros cambios de
opinión, ni de nuestras segundas oportunidades.
Y entonces me pregunto: ¿será ese el único verdadero absoluto?
¿O incluso ahí, en lo inevitable, también hay matices que no alcanzamos a
comprender?
Quizá no lo sabemos.
Quizá no lo podemos saber.
Y tal vez esa sea justamente la respuesta.
Que hay cosas que no están hechas para ser entendidas del todo.
Solo para recordarnos lo pequeños que somos frente a la vida… y lo mucho que
intentamos controlarla con palabras como “nunca” o “siempre”.
Así que hoy, cuando alguien me pregunta qué haría en determinada situación,
intento no responder tan rápido.
Porque después de todo lo que he vivido, aprendí algo:
Nunca digas nunca.
La vida tiene un extraño sentido del humor.
Y, créanme, a veces le encanta demostrarnos que estábamos equivocados.
¿Y tú, en qué cosas has cambiado de opinión con el tiempo?
