Día 10: El arte de poner límites: aprender a decir NO sin sentirnos culpables



Porque no podemos seguir estando disponibles para todo el mundo mientras nosotras mismas nos quedamos para después.

¿Y si esta vez simplemente decimos que no?


¿Te ha pasado que aceptas hacer algo que realmente no quieres, solamente porque no sabes cómo negarte? ¿Que dices que sí a un compromiso cuando lo único que deseas es quedarte en casa descansando? ¿O que terminas sintiéndote responsable del mal humor de alguien más porque decidiste no hacer lo que esperaba de ti?

A mí me parece curioso cómo podemos pasar tanto tiempo preocupándonos por no decepcionar a los demás, mientras nos decepcionamos constantemente a nosotras mismas.

Y es que, de alguna manera, hemos aprendido que ser buenas personas significa estar disponibles, ayudar siempre, comprenderlo todo, ceder un poquito más y, si es posible, no incomodar a nadie.

Pero ¿en qué momento confundimos ser buenas personas con olvidarnos de nuestras propias necesidades?

Creo que una de las lecciones más difíciles de aprender en la vida adulta es que no tenemos que estar disponibles para todo el mundo, todo el tiempo. Que podemos querer muchísimo a alguien y aun así no estar de acuerdo con sus decisiones. Que podemos ayudar sin cargar con responsabilidades que no nos corresponden y que, aunque a alguien no le guste nuestra respuesta, eso no significa que hayamos hecho algo malo.

Hoy quiero que hablemos de algo que parece sencillo, pero que puede cambiar muchísimo nuestras relaciones y, especialmente, la relación que tenemos con nosotras mismas: poner límites.

1. Sentir culpa no significa que estés haciendo algo malo

Esta es probablemente una de las primeras cosas que necesitamos entender.

A muchas nos cuesta decir que no porque tenemos miedo de decepcionar, generar un conflicto o perder el cariño de alguien. A veces, incluso desde pequeñas aprendemos que para recibir aprobación debemos ser complacientes, obedientes y estar dispuestas a satisfacer las expectativas de los demás.

Así crecemos pensando que decir NO puede convertirnos en malas amigas, malas hijas, malas parejas o malas personas.

Y cuando finalmente intentamos poner un límite, aparece esa vocecita incómoda que nos pregunta si no estamos exagerando, si no deberíamos hacer un esfuerzo más o si realmente tenemos derecho a negarnos.

Pero quiero que recuerdes algo: sentir culpa no significa necesariamente que hayas tomado una decisión incorrecta.

A veces, esa culpa simplemente aparece porque estamos haciendo algo diferente a lo que hemos acostumbrado a hacer durante años.

Estamos aprendiendo a dejar de complacer a todo el mundo a costa de nuestro bienestar.

Y sí, al principio puede sentirse extraño. Pero no todo lo que nos incomoda está mal; algunas veces, simplemente estamos aprendiendo.

2. No eres responsable de las emociones de los demás


Esta idea me parece especialmente importante.

¿Cuántas veces hemos cambiado una decisión porque alguien se molestó? ¿Cuántas veces hemos terminado disculpándonos por algo que realmente no hicimos mal, solamente porque la otra persona no supo recibir nuestra respuesta?

Hay algo que debemos comprender: podemos ser responsables de cómo comunicamos nuestras decisiones, pero no podemos controlar cómo los demás deciden reaccionar ante ellas.

Si digo que no puedo asistir a una reunión, la otra persona puede sentirse decepcionada. Si decido no prestar algo, alguien puede molestarse. Si expreso que una situación me incomoda, quizás no recibamos la respuesta que esperamos.

Y está bien. No necesariamente tenemos que solucionar cada emoción que provocamos en los demás.

Cada persona es responsable de gestionar sus propios sentimientos y comportamientos.

Esto tampoco significa que debamos ser indiferentes o actuar sin consideración. Podemos ser amables, respetuosas y empáticas sin convertirnos en responsables de la felicidad de todo el mundo.

Te propongo hacerte estas tres preguntas:

  • ¿Qué relaciones me generan más estrés o ansiedad actualmente?
  • ¿Estoy intentando controlar cómo se sienten o cómo reaccionan otras personas?
  • ¿Siento que debo hacer todo lo que los demás esperan para que me quieran o valoren?

A veces, responderlas con honestidad puede ayudarnos a identificar dónde necesitamos comenzar a poner límites.

3. Los límites no destruyen las relaciones, evitan que nos destruyamos dentro de ellas


Existe una idea bastante extendida de que poner límites significa alejar a las personas, generar conflictos o volvernos difíciles de tratar.

Pero pensemos un momento en esto: ¿qué sucede cuando siempre aceptamos algo que no queremos hacer? ¿Cuando guardamos silencio para evitar discusiones? ¿Cuando permitimos comportamientos que nos lastiman porque tenemos miedo de perder una relación?

Con el tiempo, todo eso puede convertirse en frustración, cansancio y resentimiento.

Y créeme, una relación en la que una persona siempre tiene que ceder difícilmente puede ser una relación equilibrada.

Los límites saludables no son muros para mantener a todo el mundo lejos. Son acuerdos que nos permiten relacionarnos desde el respeto.

Y podemos empezar por reconocer que existen diferentes tipos de límites:

  1. Límites emocionales: no asumir la responsabilidad de solucionar los problemas de todo el mundo, no permitir que otras personas nos hagan sentir responsables de sus reacciones y aprender a expresar lo que nos incomoda.
  2. Límites de tiempo: entender que nuestro descanso también es importante, que no tenemos que aceptar todos los compromisos y que nuestro tiempo merece ser respetado.
  3. Límites personales: reconocer qué comportamientos estamos dispuestas a aceptar y cuáles no. Nuestro espacio, nuestras decisiones y nuestra tranquilidad también importan.
  4. Límites digitales y laborales: no tenemos que responder inmediatamente cada mensaje, estar pendientes del teléfono durante todo el día o permitir que el trabajo ocupe cada espacio de nuestra vida.
Porque sí, también tenemos derecho a desconectarnos.

4. No necesitas escribir una tesis para justificar un NO


Aquí viene algo que seguramente muchas reconoceremos.

Cuando queremos negarnos a algo, parece que necesitamos preparar una explicación de cinco párrafos, presentar pruebas, justificar nuestra decisión y, de ser posible, pedir disculpas unas diez veces.

«Es que hoy no puedo porque tengo que hacer esto, después aquello, además estoy cansada y quizás mañana…».

¡Y al final terminamos aceptando! 

La sobrejustificación es una de esas costumbres que necesitamos desaprender.

No tenemos que inventar excusas para que nuestra negativa sea válida. Tampoco necesitamos convencer a todo el mundo de que nuestra decisión es correcta.

Podemos aprender a comunicarnos con asertividad: expresar lo que necesitamos de manera clara, respetuosa y sin agredir a los demás, pero tampoco pasando por encima de nosotras mismas.

Algunas frases que podemos comenzar a practicar son:

  • «En este momento no puedo».
  • «Gracias por pensar en mí, pero esta vez no me es posible».
  • «Prefiero no hacerlo»
  • «No me siento cómoda con esa situación».
  • «Necesito tiempo para pensarlo antes de darte una respuesta».
  • «Entiendo tu punto de vista, pero mi decisión sigue siendo la misma».

Y algo importante: no tenemos que responder inmediatamente.

Si una petición nos incomoda, podemos tomarnos un momento, respirar y pensar si realmente queremos o podemos comprometernos.

Nuestro primer impulso no tiene que ser siempre decir que sí.

5. Cada NO a los demás puede ser un SÍ a nosotras mismas


Esta es, sin duda, una de mis reflexiones favoritas de todo este tema.

Porque cuando aceptamos algo que supera nuestras posibilidades, no solamente estamos entregando nuestro tiempo. Muchas veces estamos renunciando a algo que también necesitábamos.

  • Decimos que sí a un compromiso y dejamos de descansar.
  • Decimos que sí a una responsabilidad adicional y dejamos de dedicar tiempo a nuestros proyectos.
  • Decimos que sí para evitar una discusión y terminamos sacrificando nuestra tranquilidad.
  • Decimos que sí a las expectativas de los demás y dejamos nuestras propias necesidades para después.

Y ¿sabes qué? Ese después puede tardar muchísimo en llegar si no aprendemos a darle un espacio.

No se trata de volvernos egoístas ni de dejar de ayudar, acompañar o querer a las personas que forman parte de nuestra vida.

Se trata de entender que nosotras también formamos parte de esa lista de personas a las que debemos cuidar.

Cada vez que decimos NO a algo que nos hace daño, podemos estar diciendo SÍ a nuestra tranquilidad, a nuestros proyectos, a nuestro descanso y a nuestra propia felicidad.


Y eso también es amor propio.



Un pequeño ejercicio para empezar a poner límites

No necesitamos cambiar todas nuestras relaciones de un día para otro. De hecho, creo que intentar hacerlo puede resultar abrumador.

Podemos comenzar con pequeños pasos.

Esta semana quiero proponerte algo:

1. Identifica una situación: piensa en algo que estás aceptando por compromiso, miedo o culpa, aunque realmente no quieras hacerlo.

2. Reconoce qué necesitas: ¿necesitas descansar?, ¿más tiempo?, ¿espacio?, ¿que alguien respete una decisión tuya?

3. Comunica tu límite: utiliza una frase sencilla, amable y directa. No necesitas dar explicaciones interminables.

4. Permítete sentir: quizás aparezca incomodidad, culpa o miedo. No te castigues por sentirlo. Recuerda que estás aprendiendo.

5. Mantén tu decisión: no conviertas cada límite en una negociación interminable. Escuchar a los demás es importante, pero también lo es escucharte a ti misma.

Y, sobre todo, ten paciencia contigo. Aprender a poner límites también es un proceso.

Para terminar: también merecemos estar en nuestra propia lista de prioridades

Si algo quisiera que nos lleváramos de esta lectura es que no tenemos que ganarnos el derecho a descansar, a decir que no o a tomar decisiones pensando en nuestro bienestar.

No necesitamos llegar al agotamiento para reconocer que tenemos límites.

No tenemos que esperar a sentirnos completamente desbordadas para empezar a cuidarnos.

Y tampoco tenemos que convertirnos en personas frías, distantes o indiferentes para aprender a defender nuestro espacio.

Podemos seguir siendo cariñosas, generosas, comprensivas y estar presentes para las personas que queremos. Pero también podemos decir hasta aquí.

Porque querer a los demás no debería significar dejar de querernos a nosotras mismas.

Quizás algunas personas no entiendan nuestros nuevos límites. Quizás otras se molesten o intenten hacernos sentir culpables. Y aunque no siempre será sencillo, debemos recordar que una relación sana también necesita espacio para nuestras necesidades, nuestras decisiones y nuestra individualidad.

Así que quiero dejarte una pregunta para reflexionar esta semana:

¿En qué parte de tu vida necesitas comenzar a decir NO para poder decirte SÍ a ti misma?

Tal vez sea en una relación, en el trabajo, con la familia, con las amistades o incluso contigo misma.

Sea cual sea tu respuesta, comienza poco a poco. No tienes que resolverlo todo hoy.

Y recuerda: poner límites no significa que quieras menos a los demás. Significa que finalmente estás aprendiendo a no quererte menos a ti.

Con amor,

Sua. 💚

Lee, descubre, sueña y crece.


💚 Si este tema resonó contigo, quizás también quieras leer…

A veces, aprender a poner límites es apenas el comienzo de un camino mucho más grande: aprender a reconocernos, cuidar nuestra tranquilidad y elegir mejor aquello y a quienes permitimos formar parte de nuestra vida.
Por eso, quiero recomendarte algunas lecturas que hemos compartido anteriormente en Flying to the Sky with Sua:

Porque no todas las personas que llegan a nuestra vida necesariamente aportan algo bueno a ella. Una lectura para reflexionar sobre las relaciones que construimos, reconocer ciertas actitudes y recordar que alejarnos de lo que nos hace daño también puede ser una forma de amor propio.
Porque poner límites también es parte de la crianza. No solamente necesitamos aprender a establecerlos con los demás, sino también construirlos en casa, con amor, paciencia y coherencia.
Una invitación a detenernos un momento, mirar nuestro recorrido y recordar que también merecemos comprensión, cariño y segundas oportunidades de nuestra propia parte.

Te invito a recorrer estas entradas, quizás encuentres en alguna de ellas una reflexión que necesitabas leer justo hoy.
Porque este espacio no se trata solamente de compartir palabras, sino de crecer juntas, aprender de nuestras experiencias y recordarnos que siempre podemos comenzar de nuevo.












Sueanny Quezada