Día 5. Un perdón

 


Querida Sueanny:

No sé si alguna vez alguien te escribió una carta para pedirte perdón.

Quizá por eso hoy quiero hacerlo yo.

Porque hay palabras que llevo demasiado tiempo debiéndote.

Antes que nada, quiero darte las gracias.

Gracias por seguir aquí.

Sé que no ha sido un camino sencillo. Sé que hubo días en los que sonreías mientras por dentro intentabas recoger los pedazos de un corazón cansado. Días en los que dudabas de ti, de tus decisiones y hasta de tu propio valor. Días en los que pensabas que, si hacías un esfuerzo más, si amabas un poco más o si dabas un poco más de ti, finalmente serías suficiente para alguien.

Y, aun así, nunca dejaste de seguir adelante.

Pero hoy no quiero hablar de tu fortaleza.

Hoy quiero pedirte perdón.

Perdón por todas las veces que te hice creer que no eras suficiente.

Perdón por exigirte tanto cuando apenas estabas aprendiendo. Por compararte con personas que iban por caminos completamente distintos al tuyo. Por hacerte sentir pequeña cada vez que algo no salía perfecto.

Olvidé que nadie nace sabiendo.

Olvidé que equivocarse también es una forma de crecer.

Perdón por todas las veces que te miraste al espejo buscando defectos.

Qué injusta fui contigo.

Ese cuerpo al que tantas veces criticaste fue el mismo que sostuvo tus peores días. El mismo que soportó el cansancio, el miedo, las lágrimas y, sobre todo, el milagro más grande que has vivido: traer a Gustavo al mundo.

Mientras tú solo veías estrías, kilos de más o aquello que querías cambiar, él seguía trabajando todos los días para mantenerte viva.

Quizá no sea el cuerpo que imaginabas tener, pero ha sido el hogar que nunca te abandonó.

Prometo que, a partir de hoy, voy a intentar mirarte con más ternura y menos exigencia.

Pero también quiero pedirte perdón por algo que durante mucho tiempo no supe ver.

Perdón por todas las veces que te hiciste pequeña para caber en la vida de alguien más.

Perdón por creer que, si cambiabas un poco más, si callabas un poco más o si soportabas un poco más, finalmente serías suficiente para esa persona.

Hoy puedo mirar esa historia con otros ojos.

Ya no siento rabia.

Tampoco necesito señalar culpables.

Solo entiendo que estaba intentando recibir amor de alguien que no sabía cómo ofrecerlo.

Y mientras intentaba encajar en un lugar donde nunca pertenecí, fui dejando partes de mí en el camino.

Dejé de decir lo que pensaba.

Dejé de defender lo que necesitaba.

Dejé de ocupar el espacio que merecía.

Me convencí de que amar significaba sacrificarme.

Que querer era aguantar.

Que, si soportaba un poco más, algún día todo cambiaría.

Y qué equivocada estaba.

Hoy entiendo que el amor nunca debería pedirte que renuncies a quien eres para poder conservarlo.

Perdón por haberte hecho creer que desaparecer un poco era la única forma de que alguien se quedara.

Porque quien realmente te ama nunca necesita que seas menos para sentirse más.

Perdón por todas las veces que entregaste tu corazón completo a personas que apenas sostenían una pequeña parte del suyo.

Sé cuánto te esforzabas.

Pensabas que, si eras más paciente, más amable o más comprensiva, finalmente alguien elegiría quedarse.

Pero el amor nunca debió sentirse como un examen que había que aprobar.

Las personas correctas no necesitan que te rompas para demostrar cuánto las amas.

Perdón por las veces que callaste.

Por todas esas conversaciones que ensayaste una y otra vez en tu cabeza, pero nunca pronunciaste por miedo a incomodar a alguien.

Qué triste pensar que llegaste a creer que tus sentimientos eran una carga.

No lo eran.

Nunca lo fueron.

Tu voz siempre mereció ser escuchada.

Y, por favor, perdóname por haber dudado de ti cuando supiste que ibas a ser mamá.

Recuerdo ese miedo.

Recuerdo preguntarme si seríamos capaces.

Si estaríamos a la altura.

Si Gustavo algún día sentiría que tenía una buena madre.

Hoy, cada vez que él sonríe al verte, encuentro la respuesta.

No eres una mamá perfecta.

Pero eres exactamente la mamá que él necesita.

Y eso basta.

También quiero agradecerte por haber tenido el valor de volver a creer en el amor.

Porque después de las heridas es fácil levantar muros.

Es fácil pensar que todas las historias terminarán igual.

Pero la vida, a veces, también nos regala personas que deciden quedarse para construir y no para destruir.

Hoy mi relación también tiene cicatrices.

Hemos cometido errores.

Nos hemos herido.

Hemos llorado.

Y ha habido momentos en los que parecía más sencillo rendirse que continuar.

Pero hay una diferencia enorme con respecto al pasado.

Hoy camino junto a alguien que también ha decidido mirar hacia adentro.

Alguien que reconoce que aún tiene cosas por sanar, que entiende que el amor también requiere trabajo y que está dispuesto a crecer a mi lado.

Y yo también lo estoy.

Porque entendí que una relación no sobrevive porque dos personas nunca fallen.

Sobrevive cuando ambas tienen la humildad de reconocer sus errores, pedir perdón, aprender y volver a elegirse una y otra vez.

Ya no busco un amor perfecto.

Busco un amor donde los dos queramos construir.

Donde ambos estemos dispuestos a convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Y creo que esa diferencia cambia absolutamente todo.

Sue...

No puedo cambiar el pasado.

No puedo borrar las lágrimas que derramaste ni las noches en las que sentiste que no eras suficiente.

Pero sí puedo prometerte algo.

La próxima vez que tropieces, no voy a insultarte.

Voy a darte la mano.

La próxima vez que te mires al espejo, intentaré buscar primero todo lo que hace hermoso a ese cuerpo que tanto ha luchado.

La próxima vez que alguien no sepa valorar tu corazón, no pensaré que eres tú quien tiene menos valor.

Y la próxima vez que olvides quién eres...

Voy a volver a escribirte.

Porque mereces escuchar de ti misma las palabras que tantas veces esperaste recibir de alguien más.

Con todo el amor que, por fin, estoy aprendiendo a darte,

Sue.


¿Y si hoy también te escribieras una carta?

A veces somos expertos en perdonar a los demás, pero olvidamos pedirnos perdón a nosotros mismos.

Quizá el amor propio no empieza con un gran cambio, sino con una simple frase:

"Lo siento por todo lo que te hice creer de ti."

Tal vez hoy sea un buen día para empezar esa conversación.

Sueanny Quezada

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